La Purificación del Templo

Sermones

La Purificación del Templo

 5 de abril de 2009

 

Si a Jesús le fue importante purificar el templo que sería destruido pocos años después; de manera semejante, a nosotros nos merece respeto el edificio en el que nos reunimos para adorarle. También debemos mantener puro el templo del Espíritu Santo, que es nuestro cuerpo.

 

                                                                           

15 Vinieron, pues, a Jerusalén; y entrando Jesús en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo; y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas;

16 y no consentía que nadie atravesase el templo llevando utensilio alguno.

17 Y les enseñaba, diciendo: ¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.

18 Y lo oyeron los escribas y los principales sacerdotes, y buscaban cómo matarle; porque le tenían miedo, por cuanto todo el pueblo estaba admirado de su doctrina. Marcos 11:15-18

 

Después de ocurrida la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén; Él llora sobre la ciudad (Luc. 19:41-44). Ocurre después su primer paso por la higuera (Mr. 11:12-14) y lo que se conoce como la segunda purificación del templo (Mat. 21:12-17, Mr. 11:15-18 y Lc. 19:45-47), que abordaremos en este estudio.

 

Efectivamente, sabemos que el templo de Espíritu Santo es el cuerpo del creyente (1ª. Co. 3:16), pero ahora estamos hablando del templo, el edificio dedicado a las actividades de Dios, lo cual también tiene una importancia que se ha minimizado por algunos predicadores, al grado de afirmar que constituye un desperdicio de recursos utilizar para el culto a Dios un edificio, seis horas a la semana (aproximadamente). Así que los que sostienen esta idea, procuran darle otros usos durante la semana o convertir estos locales en salones de usos múltiples (dichos usos no necesariamente tienen que ver con la adoración a Dios).

 

También sabemos que, como dice en 1°. Cr. 29 y Hch. 7:46-48 y 17:24, que Dios no habita en templos hechos de mano (tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento). El contexto en que está escrito esto, quiere decir que Dios no solo está en el templo, sino en toda su creación. Jesús nos dice en Mt. 12:6 “Uno mayor que el templo está aquí”. Esto es muy importante.

 

El templo en el A. T. tenía características muy diferentes a los templos del periodo de la iglesia. La diferencia de estos templos radica en que Jesús, cuando muere en al cruz, rasga el velo del templo que separaba a la gente común de Dios (Mar. 15:37). En nuestros templos ya no hay jerarquías y todos tenemos acceso directo al Padre.

En la historia bíblica aparecen tres grandes templos:

 

1. El templo de Salomón (primer templo). Construido en 957 A. C. y destruido en 587 A. C. (en la segunda Deportación de Babilonia). Actualmente en ese lugar se encuentra uno de los templos musulmanes más importantes: La mezquita de Omar.

 

2.- El templo de Zorobabel (segundo templo). Construido al regreso de Babilonia. Templo que Antioco Epífanes saqueó y profanó, cometiendo sacrilegio (Dn. 8:12-14; 9:27, 10:31).

 

3.- El templo de Herodes (el mismo segundo, pero reconstruido entre el 19 y el 10 A. C. y terminando en sus detalles hasta el 62 D. C. Fue destruido en 70 D. C. por el príncipe Tito Vespasiano).

Jesús profetizó unas horas o momentos antes de la acción de purificar el templo, que este templo sería destruido (Lc. 19:43, 44) y días después (Lc. 21: 5,6). Una primera purificación que hizo Jesús del templo, se encuentra en Jn. 2:13-22. En aquella ocasión había echado del templo a bueyes, ovejas, palomas y personas que vendían estos animales para la ofrenda especificada en la Ley, así como personas que se dedicaban a cambiar dinero (cambistas), los cuales hacían negocio con esto. Para echarlos utilizó un azote de cuerdas que él hizo y mencionó que el templo lo tenían como casa de mercado (todavía existen algunos templos que así se utilizan). En aquella ocasión se refirió a su cuerpo como el templo (Jn. 2:19). Existen antecedentes de limpieza del templo en el A.T. (2° Cr. 29:15 y Nh.13:9).

 

En este mismo templo se desarrolla el pasaje de Marcos 11:15-18 que hemos leído. En este templo Jesús fue presentado cuando era niño (Lc. 2:27); allí habló con los doctores de la ley cuando tenía 12 años (Lc. 2:46).

 

La importancia del templo la establece Jesús en Mat. 23:16,17 y la encontramos también en Ec. 5:1,2.

Dice en Lc. 21:38, que la gente se juntaba en el templo, para oír las enseñanzas de Jesús. Él acudía continuamente al templo (Lc. 19:47).

 

Ya en la época apostólica, Hch. 2:46 nos habla de la práctica de los primeros cristianos de reunirse “cada día en el templo”. Hch. 3:1 dice que Pedro y Juan acudían al templo. Hch. 5:20, 21 muestra que la palabra se enseñaba en el templo (primeramente). Las cartas que se mencionan en el N. T. iban dirigidas a hermanos que se congregaban en algún local. En 2ª. Tes. 2:4 se vuelve a mencionar al templo como un edificio y también en Apocalipsis. ¿Por qué entonces existe la tendencia de minimizar esto? Mientras no se rinda adoración al templo, los cristianos no hacen mal en cuidarlo y respetarlo o ¿acaso hacen las mismas actividades en cualquier habitación de la casa donde viven?, ¿no es cierto que cualquier persona sabe que cada habitación tiene un uso específico?, ¿por qué no mantener la exclusividad de un lugar dedicado a Dios?. Esto no quiere decir que sólo allí le rindamos honor. Esta enseñanza es parte de una doctrina correcta que el Divino Maestro no dejó, no es cosa menor.

 

En el pasaje que tenemos para hoy, en Mar. 11:15 aprendemos que Jesús echó fuera a los que vendían y compraban; a las palomas y los cambistas otra vez. Los negociantes habían regresado a procurarse ganancias aprovechando la devoción de muchos en el templo. El día de hoy sigue ocurriendo lo mismo.

 

Debe existir decoro en el templo, que puede ser una construcción como cualquier otra, pero no en cuanto a su uso y dedicación ¿No tenemos cuidado de nuestra casa? El templo es una casa de oración (Is. 56:7), que algunos siguen utilizando como cueva de ladrones. No se está diciendo que solo debemos adorar en el templo.

 

En el cristianismo el templo es una necesidad porque el pueblo de Dios siempre necesita congregarse (Heb. 10.25). Los creyentes que dejan de congregarse experimentan cambios en su relación con Dios. No es cierto que a un creyente no le afecte el dejar de congregarse con los santos para alabar al único Dios. Por eso la congregación gozosa ocurre (o acude) al templo.

 

Todas las cosas buenas que tenemos vienen de Dios y es nuestro deber cuidarlas, ¿Cuánto más las que son exclusivas para su servicio?

 

Pero no debemos caer en idolatría hacia el templo, recordemos las palabras de Jesús, que uno mayor que el templo está aquí y en todas partes.

 

No obstante que Jesús sabía que aquel templo sería destruido en 37 años más, lo purifico; ¿qué es lo que tú tienes que purificar en tu cuerpo?