La toma de Jericó

Sermones

La toma de Jericó

1 de agosto de 2010

 

No hay barrera que pueda sostenerse en contra de Dios; no hay uno que se oponga a Dios y nada le ocurra.

 

 

6Llamando, pues, Josué hijo de Nun a los sacerdotes, les dijo: Llevad el arca del pacto, y siete sacerdotes lleven bocinas de cuerno de carnero delante del arca de Jehová.

7Y dijo al pueblo: Pasad, y rodead la ciudad; y los que están armados pasarán delante del arca de Jehová.

8Y así que Josué hubo hablado al pueblo, los siete sacerdotes, llevando las siete bocinas de cuerno de carnero, pasaron delante del arca de Jehová, y tocaron las bocinas; y el arca del pacto de Jehová los seguía.

9Y los hombres armados iban delante de los sacerdotes que tocaban las bocinas, y la retaguardia iba tras el arca, mientras las bocinas sonaban continuamente.

10Y Josué mandó al pueblo, diciendo: Vosotros no gritaréis, ni se oirá vuestra voz, ni saldrá palabra de vuestra boca, hasta el día que yo os diga: Gritad; entonces gritaréis.

11Así que él hizo que el arca de Jehová diera una vuelta alrededor de la ciudad, y volvieron luego al campamento, y allí pasaron la noche.

12Y Josué se levantó de mañana, y los sacerdotes tomaron el arca de Jehová.

13Y los siete sacerdotes, llevando las siete bocinas de cuerno de carnero, fueron delante del arca de Jehová, andando siempre y tocando las bocinas; y los hombres armados iban delante de ellos, y la retaguardia iba tras el arca de Jehová, mientras las bocinas tocaban continuamente.

14Así dieron otra vuelta a la ciudad el segundo día, y volvieron al campamento; y de esta manera hicieron durante seis días.

15Al séptimo día se levantaron al despuntar el alba, y dieron vuelta a la ciudad de la misma manera siete veces; solamente este día dieron vuelta alrededor de ella siete veces.

16Y cuando los sacerdotes tocaron las bocinas la séptima vez, Josué dijo al pueblo: Gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad.

17Y será la ciudad anatema a Jehová, con todas las cosas que están en ella; solamente Rahab la ramera vivirá, con todos los que estén en casa con ella, por cuanto escondió a los mensajeros que enviamos.

18Pero vosotros guardaos del anatema; ni toquéis, ni toméis alguna cosa del anatema, no sea que hagáis anatema el campamento de Israel, y lo turbéis.

19Mas toda la plata y el oro, y los utensilios de bronce y de hierro, sean consagrados a Jehová, y entren en el tesoro de Jehová.

20Entonces el pueblo gritó, y los sacerdotes tocaron las bocinas; y aconteció que cuando el pueblo hubo oído el sonido de la bocina, gritó con gran vocerío, y el muro se derrumbó. El pueblo subió luego a la ciudad, cada uno derecho hacia adelante, y la tomaron. Jos. 6:6-20

 

El capítulo 5 nos dice que los reyes del otro lado del río Jordán estaban llenos de miedo porque sabían que los israelitas tenían un Dios que les había abierto el río para que pasaran. En el otro frente, los hombres que tenía Josué no estaban habituados a la batalla. Muchas cosas habían cambiado con el cruce del Jordán, una de ellas, y muy importante, era que habían ya comido los israelitas del fruto de la tierra, por lo tanto, el maná del cielo había cesado. Dios ha decidido echar de la tierra santa a los que se conducen de manera abominable (y lo hará por mano de su siervo Josué).

 

Jericó (una ciudad eminentemente idolátrica), era considerada invencible; estaba fortificada por un anillo doble de muros de 7.5 metros de alto, con espesor desde 2 hasta 6 metros. Muchas casas estaban apoyadas sobre los muros. Jericó estaba asentada en un monte. Pero ahora esta ciudad se encontraba sitiada por el pueblo de Israel; nadie entraba ni salía. Pero Josué tenía la seguridad de que Dios les entregaría la ciudad.

 

En versículos anteriores (3 al 5), leemos acerca de las instrucciones que da Dios para la toma de la ciudad. Será necesario que los hombres de guerra de Israel rodeen la ciudad seis días, yendo detrás de los sacerdotes (siete) que llevan bocinas de cuernos de carnero junto al arca del pacto. Seis días una vuelta y el séptimo día siete vueltas a la ciudad y al toque prolongado de las bocinas, el pueblo gritará a gran voz, el muro caerá y el pueblo avanzará (cada uno hacia adelante).

 

A diferencia del paso del Jordán, los sacerdotes no van delante (sino los soldados), Dios es el que hará todo, pero pide hacer algo a ellos; obedecer puntualmente y observar un orden. Primero, al frente, van los hombres de guerra, luego los sacerdotes, después el arca del pacto y posteriormente el resto del pueblo. Ellos cumplieron las instrucciones entregadas por Dios al pie de la letra y así concluyeron los seis días.

 

Al séptimo día (se levantaron muy temprano), pero dieron siete vueltas a la ciudad. Las bocinas tocaron por séptima vez en el mismo día y fue entonces cuando Josué les dijo “gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad”. Saben que todo será destruido por la maldición que Dios arroja sobre la ciudad, pero les dice que respeten la vida de Rahab, aquella mujer que ayudó a preservar la vida de los espías que Josué había enviado, porque aquella mujer tuvo un acto de fe hacia Dios (Hb. 11:31). Aquellos gigantescos muros cayeron, más que por la mezcla del sonido de las bocinas y el griterío, por el poder de Dios. Hay restos arqueológicos de los muros, pero el hombre natural no se puede explicar esto ni lo cree; los que hemos creído en Cristo Jesús no sólo lo creemos, sino que lo sabemos.

 

Los versículos 18 y 19 hablan de la prohibición que tienen los israelitas de disponer libremente del botín; esto está fundamentado en su ley, como lo encontramos en Nm. 31:25-30, donde encontramos la razón de por qué sí podían disponer del oro y la plata.

 

Cuando se sumó al sonido de las bocinas el grito ensordecedor, el muro se derrumbó y el pueblo subió a la ciudad (estaba en un monte), cada uno hacia adelante y la tomaron. Fue un acto de fe, no de fuerza, como lo dice Hb. 11:30.

 

Pero, no obstante que les fue dicho que no se contaminaran para no caer en condenación, pues la ciudad y todo lo que estaba sobre ella era anatema, algunos (Acán y los suyos), incurrieron de inmediato en lo prohibido, como lo dice el siguiente capítulo (7:1-4), pero Dios cumple su palabra siempre; los que incurrieron en esta desobediencia, sufrieron las consecuencias (7:21-27). También les había sido dicha una maldición tocante a no incurrir en la reedificación de aquella ciudad que Dios había reprobado (6:26), pero tampoco faltó quien desobedeciera a esto y la maldición se cumplió en 1ª. Re. 16:34.

 

· La toma de Jericó fue todo un acto de fe.

· Tener fe es creer en Dios y todo lo que Él hará.

· Si Dios puede modificar o aun destruir sus propias obras, ¿podrá modificar o destruir las obras de los hombres?

· ¿Cuántas cosas hemos edificado por mandato de Dios?

· ¿Cuántas en contra de su voluntad?

· A  veces, la gente más despreciada por la sociedad o la que se siente más vil, le lleva la delantera en el reino de los cielos a los que sienten que son buenos, porque aquellos reconocen su condición (como Rahab, la ramera que nunca más lo fue).

No existe una barrera o muro que nuestro Dios no pueda derribar para que pasemos a tomar posesión de lo que Él nos ha dado, pero necesitamos conducirnos con fe.