El Hijo Perdido

Sermones

El Hijo Perdido

21 de noviembre de 2010

 

Algunos que tienen el conocimiento de Dios se han ido al mundo, mas los que creyeron es seguro que regresarán y todos maltrechos el Señor los recibirá; nosotros también recibámosles con gran gozo, sin prejuicios ni pretextos.

 

 

11 También dijo: Un hombre tenía dos hijos;

12 y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes.

13 No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.

14 Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.

15 Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.

16 Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.

17 Y volviendo en sí, dijo: !!Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!

18 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.

19 Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.

20 Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.

21 Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

22 Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.

23 Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;

24 porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.

25 Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas;

26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

27 Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano.

28 Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase.

29 Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos.

30 Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo.

31 Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas.

32 Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Luc. 15:11-32

 

Las dos parábolas anteriores (Luc. 15:1-10), las de la oveja perdida y la moneda perdida, están estrechamente ligadas a ésta (la del hijo pródigo), pues en las tres se recupera algo muy valioso que se consideraba perdido. Enseñan sobre la necesidad de la salvación para los perdidos.

 

Es una tentación  recurrente en muchos jóvenes de todas las épocas, al alcanzar cierta edad, creer ser capaces de administrarse en todos los sentidos, sobre todo si cuentan con recursos económicos. Incluso algunos se han ido temporalmente de su casa sin tener esos recursos, pero experimentado estar lejos de las miradas de sus padres y han vivido situaciones difíciles que los han obligado a regresar. Cuando los padres tienen bienes por heredar, los hijos son tentados a solicitar de inmediato lo que consideran les corresponde. Pero pedir eso equivale a desear la muerte de los padres.

 

El padre de esta parábola accedió porque era clemente y generoso. Al hijo menor otorga un tercio de sus bienes y al mayor dos tercios (conforme a Deut. 21:17). En su libertad, ese joven desperdició sus bienes (que tal vez había convertido en dinero) y se entregó a los excesos (rameras, tal vez alcoholismo, juegos y drogas, que siempre han existido); aunque no se cometan excesos, vivir perdidamente es vivir sin pensar en Dios. Aparte de que pronto acabó con sus bienes, vino una gran hambre en la región donde andaba este joven.

 

Su necesidad llegó a ser tan grande, que se contrató para apacentar  (o cuidar) cerdos. Para un judío, apacentar cerdos era lo más degradante que le podía ocurrir, pues lo consideraba un animal inmundo (Lev. 11:2-8 y Dt. 14:8). Su situación era tan deplorable, que anhelaba comer la comida de los cerdos, pero nadie le daba. Estas circunstancias que nunca imaginó vivir como hijo de familia, le hicieron volver en sí, que significa tomar conciencia; darse cuenta del error (se vuelve en sí, después de reflexionar), es entonces cuando recuerda la vida en su casa y compara su situación con la del último sirviente de su padre. Entonces toma una sabia decisión, después de muchas equivocaciones; había salido de su casa arrogante, pero quiere regresar humillado.

 

Seguramente aquel padre salía diariamente de casa con la esperanza de ver la figura de su hijo aparecer, como le ocurre a los padres que son abandonados y están esperando que su hijo o hija toque a la puerta y diga “ya vine” o “ya regresé”. En esos momentos las palabras sobran, pues la alegría está sobre todo. La misericordia se impone. Aquel padre, al ver a su hijo, olvidó todos los agravios y corrió a su encuentro.

 

El joven regresó humillado y da la impresión de que no pudo terminar el discurso de solicitud de perdón que había preparado, porque su padre lo honró con el mejor vestido, le dio autoridad con un anillo y le reconoció como hijo al ponerle calzado (pues los sirvientes no lo utilizaban). Además, el becerro gordo se mataba solo cuando era la máxima celebración de la familia y ese día era el señalado. ¡Qué valiosos son los hijos para los padres!, ¡Qué valiosos somos para Dios como sus hijos!

 

Hay gozo cuando se encuentra una oveja perdida, hay gozo cuando se encuentra una moneda perdida; pero hay gozo y regocijo por un ser humano que estaba perdido y es recuperado para el reino de Dios.

 

Cuando estaba la celebración en su clímax, regresó el hijo cumplido (el mayor) y recrimina a su padre que haga fiesta por su hermano; parecen naturales su reacción, su enojo y su reclamo, pero no lo son, porque todos en casa deben regocijarse cuando regresa el hermano o el hijo. El padre le dice “todas mis cosas son tuyas”, porque a éste hijo también le había dado su parte (vers. 12). En el reclamo del hijo mayor se contrastan el regocijo con el enojo, la misericordia con el desprecio, el amor con los celos. Para el padre, todo lo que aquel hijo menor había hecho, pasaba al olvido; lo importante era celebrar que estaba entre ellos; eso solo lo puede hacer quien ama (con acciones).

 

Si hemos creído en Jesús, no nos conviene alejarnos, pues Dios, que ve todo, hará lo necesario (y cosas muy duras para nosotros), para que regresemos. Los pecadores que reflexionan, se acercan al camino de la salvación. Es importante que los jóvenes no se expongan innecesariamente a dolores para sí y su familia.

 

Aquel padre representa al Padre Celestial que siempre está con los brazos abiertos para recibir al pecador arrepentido (el hijo menor). El hijo mayor representa a los religiosos y legalistas (como los fariseos); que aparentemente son muy buenos, pero realmente son malvados.

 

No sólo los perdidos; también algunos cristianos han malgastado sus bienes, mal utilizado sus dones y no han administrado su testimonio; necesitan volver en sí.

 

Si alguno se llena de celos no puede participar del regocijo con los demás; procuremos celebrar juntos lo que Dios hace en la casa y en su iglesia.

 

Si alguno llega a la iglesia (al camino del Señor), después de tener una vida de perdición, recibámosle con alegría. Olvidemos todo tipo de agravios, seamos capaces de perdonar todo, pues Dios así nos enseña y hoy nos lo recuerda.