Curación de Diez Leprosos

Sermones

Curación de Diez Leprosos

1 de marzo de 2009

 

La gratitud a Dios la mostramos más que con palabras, con acciones concretas que buscan dar a Él la honra y la gloria.

 

 

11 Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea.

12 Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos

13 y alzaron la voz, diciendo: !!Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!

14 Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.

15 Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz,

16 y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano.

17 Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?

18 ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?

19 Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado. Luc. 17:11-19

 

Antes de este pasaje, en los primeros versículos de este capítulo 17 (1-10), Jesús ha dado diversas enseñanzas acerca de los que tropiezan y los que hacen tropezar a otros, acerca de las afrentas que uno puede sufrir y el perdón que debe hacer hacia el que ofende, acerca de la necesidad de tener más fe y del siervo obediente para con Dios. Lo que ocurre a continuación tiene relación con estas enseñanzas, con el propósito de que los discípulos estuviesen más preparados.

 

En este pasaje, vemos que se encamina Jesús a Jerusalén, viniendo de Galilea (del norte) y pasa en la frontera de esta provincia con Samaria; ambas regiones eran despreciadas por los judios.

 

Pero le salen al encuentro diez leprosos. La lepra es una enfermedad contagiosa (infecciosa), crónica y degenerativa, caracterizada por síntomas cutáneos y nerviosos sobre todo tubérculos, manchas blancas y anestesias. Era una enfermedad común en los pueblos antiguos y Judea no era la excepción.

 

Dios había dado instrucciones a los sacerdotes y al pueblo de Israel para distinguir una lepra maligna de una benigna (que tenía curación). Ver Levítico, capítulos 13 y 14.

 

Había la tradición entre los judíos de que tener lepra era un castigo de Dios por la desobediencia, como le pasó al rey Uzías (2ª. Cro. 26:16-21). Había lugares apartados (leprosarios), para confinar allí a los contaminados. Pero algunos leprosos vagaban por los caminos, llevando una especie de campana que tocaban para anunciarse como leprosos y que la gente no se les acercara. Por eso, el grupo de leprosos que encuentran a Jesús, se anuncian desde lejos. Alzan la voz para ser escuchados por Jesús, de quien han oído hablar que sana enfermos. Son diez personas despreciadas por la sociedad, las cuales repugnan a quien las ve; sufren la enfermedad, pero sufren más el desprecio de muchos. Por eso claman “…ten misericordia..”

 

Como dice el vers. 14, éstos, que estaban desahuciados, son remitidos por Jesús a los sacerdotes, conforme a la Ley (Lev. 14:1-32). Seguramente, en otro tiempo habían ya acudido con el sacerdote, el cual les había dicha que su lepra era maligna. Ahora deben ir nuevamente, porque Jesús les dice que lo hagan y saben que algo grande puede pasar.

 

En cuanto se dirigieron hacia los sacerdotes, la contaminación de su cuerpo desapareció de ellos.

Nueve de estos hombres siguieron su carrera para ver a los sacerdotes con el propósito de que dieran fe de que no eran ya leprosos y que podían incorporarse a su familia y a la sociedad. Habían recibido lo que anhelaban. La vida volvería a ser como antes, ahora valorarían más el estar entre la gente y poderles tocar.

 

Pero uno de los diez no siguió esa carrera, sino que regresó a Jesús glorificando a Dios a gran voz. Se humilló ante Jesús, dándole gracias. Era del que menos se esperaba, pues siendo samaritano también era despreciado por los judíos (Jn. 4:9). Pero éste hombre era agradecido. Sabía que las cosas buenas, la salud y todas las bendiciones, vienen de Dios (Stg. 1:17). Éste hombre entendió que Jesús tenía mucho que ver con Dios.

 

Jesús le pregunta:  “..Y los nueve, ¿dónde están?”. Podemos también así preguntarnos dónde está una gran cantidad de personas por las cuales hemos orado por su salud y han sanado. También pensemos dónde están todas esas personas que en algún culto han levantado su mano indicando que han creído en Cristo Jesús. ¿Por qué no regresan todos?, ¿se acuerdan de Jesús sólo cuando necesitan algo o cuando tienen algún problema?, ¿cuántos hay que dan la honra y gloria a Jesús sin necesidad de tener algún problema?

 

Un hombre de los diez, tal vez el más despreciado, dio gloria a Dios. La fe de este hombre, se vio más después de ser sanado; no antes. El milagro impactó su corazón y su vida, ya no sería el mismo.

Este es un caso diferente al de los otros nueve, los cuales una vez sanados, se dedicaron a disfrutar de su nueva vida de salud en el cuerpo, pero no les interesó la salud del alma, la cual es más importante y también la da Jesús.

 

Pero aquel hombre samaritano alcanzó algo más importante que la salud; la salvación. Este hombre fue fiel después de haber recibido el beneficio (y tal vez antes también). No hay mejor salud, que la espiritual.

 

· Algunas personas necesitadas (como aquellos leprosos), se encuentran con Jesús y reciben una gran bendición, pero hay otras que no sienten la necesidad y tropiezan con Él, pues les es incómodo para su vida que consideran “realizada”.

· El hecho de que Jesús sana, indica que elimina la contaminación del cuerpo, pero antes debemos pedirle que quite la lepra del alma, la cual carcome los pensamientos y acciones, que perdone nuestras afrentas que y que seamos capaces de perdonar las que otros nos hacen.

· Seamos siervos obedientes a las indicaciones de Dios, debemos presentarnos delante de Él con sinceridad y limpieza de corazón, para darle la gratitud, la honra y la gloria.

· Algo grande puede pasar, cuando nuestra alma está limpia.

La salud del alma es la salvación, la limpieza más importante es la espiritual, la cual sólo Dios da.