Visión de las setenta semanas

Sermones

Visión de las setenta semanas

18 de julio de 2010

 

Actualmente Dios ya no habla a sus hijos a través de visiones, porque contamos con su palabra escrita; hoy solo tenemos una visión; seguir a Cristo Jesús para servirle y honrarle.

 

 

24Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.

25Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos.

26Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones.

27Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador. Dn. 9:24-27

 

Por las profecías existentes en el tiempo del profeta Daniel, se podía suponer que el reino mesiánico se establecería al término del cautiverio en Babilonia, pero Dios revela a Daniel que tendrán que transcurrir setenta semanas después de la promulgación del edicto para reconstruir Jerusalén, antes que se instaure el reino eterno, donde los hijos de Dios gobiernen.

 

Daniel seguramente había leído en las profecías de Jeremías (25:11-14) y tuvo confusión acerca de esos setenta años que Jeremías menciona (sabemos que setenta años duró el cautiverio en Babilonia y en ese momento no habían transcurrido), para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos. La prevaricación (en Derecho), es el delito consistente en dictar a sabiendas una resolución injusta una autoridad, un juez  o un funcionario. En religión, el prevaricador es el que pervierte la doctrina. Este peligro para los hijos de Dios siempre ha existido, hoy somos testigos de ello y deseamos que eso acabe. Daniel oró a Dios pidiendo la revelación de este asunto (Dn. 9:3); reconoce que Dios tiene el derecho de velar al hombre lo que Él quiera (9:14). El profeta confía en Dios para esta revelación (9:18). Todavía estaba orando Daniel y el ángel Gabriel se le presenta (el mismo de Lc. 1:19, 26), enviado por Dios para declararle lo que solicita (9:20-24).

 

Es muy importante recordar que, en las cosas relacionadas con los últimos tiempos, el pueblo judío y su templo representan un reloj para los cristianos. Tendrán que pasar setenta semanas y mientras todo esto ocurre, la profecía se revela en parte. Pero tenemos la segura palabra de Dios, que nos dice lo que ocurre mientras tanto en el cielo:

Jehová dijo a mi Señor:

Siéntate a mi diestra,

Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Sal. 110:1

 

Veremos aquí, en el libro de Daniel, que las semanas de que se habla, en realidad son de siete años (no siete días). Desde el decreto para restaurar y edificar a Jerusalén, hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas. Existen tres decretos semejantes con respecto al retorno de la cautividad, pero el último, que  corresponde al año 445 a.C., es muy específico al mencionar la reconstrucción del templo y la ciudad y, aunque el autor es Artajerjes, es un decreto que da seguimiento al original del rey Ciro (Neh. 2:1-8).

 

Las siete semanas representan los cuarenta y nueve años de tiempos angustiosos que emplearon los judíos para reconstruir el templo y los muros de la ciudad. Las otras sesenta y dos semanas, representan cuatrocientos treinta y cuatro años. Si sumamos 434 más 49, nos da 483 años, que coincide perfectamente con la  manifestación pública de Jesús el domingo de ramos, la única ocasión de su ministerio en la que se presentó en Jerusalén como el Hijo enviado de Dios y aceptó la aclamación como el Príncipe de Dios.

 

Después de las sesenta y dos semanas, el Mesías muere en la cruz, no por sus pecados (pues no los tiene), sino por los de toda la humanidad de toda la historia. Después de esto (en el año 70 d. C.), llega Tito (que en ese tiempo era príncipe) y con sus tropas romanas destruye la ciudad de Jerusalén y su templo (Mat. 24:1-6).

 

Pero tendrá que pasar otra semana para que todo concluya. Tal parece que después de las sesenta y nueve semanas que han transcurrido, el conteo se detiene, pues la última semana (la número setenta), inicia en un tiempo determinado ya por Dios pero que ninguno conoce. No sabemos si ya inició o cuándo iniciará (si estamos en ella o no); muchos creen que esa semana es la de la gran tribulación, que es de siete años (de los cuales la segunda mitad, tres y medio años, son los más terribles) Mat. 24:15-29.

 

Algunos teólogos creen que los cristianos seremos arrebatados antes de la gran tribulación. Otros que el rapto ocurrirá a la mitad de esos siete años y otros, que será al final. Como para todas esas maneras de pensar hay pasajes bíblicos (y eso no es un error bíblico ni una contradicción, sino que guarda el propósito divino de velar esa revelación), concluimos que nadie lo sabe a ciencia cierta y que en todo caso, la posición más correcta, es por una parte decir: “no sé” y por la otra, estar seguros que el regreso de Jesucristo Nuestro Señor es inminente, es decir, puede regresar en cualquier momento (ahora mismo) y no nos atrevamos a decir que, porque no hemos distinguido tales o cuales señales, el Señor no puede todavía regresar (Mat. 24:30-42).

 

No hagamos caso de conjeturas y supuestas revelaciones  de “iluminados” que, según ellos, saben la fecha de la segunda venida del Señor, pues eso es estar en contra de lo determinado por el Padre en su sola potestad. Mejor caminemos cada día como si en ese día fuese a regresar nuestro Señor y, conforme a sus instrucciones, velemos y oremos para no entrar en tentación