Un sacerdocio consagrado

Sermones

Un sacerdocio consagrado

31 de enero de 2010

 

Desde que creímos en Cristo Jesús, gozamos de muchos privilegios que implican a la vez responsabilidades que debemos llevar a todas partes, para que cumplamos con lo que somos: embajadores del único Dios.

 

9Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; 1ª. Pe. 2:9

 

Las palabras anteriores escritas por el apóstol Pedro a los cristianos perseguidos a causa del evangelio, están precedidas por consideraciones precisas que encontramos en 1ª. Pe. 2:7-8 y que nos recuerdan que, para los que hemos creído, Cristo Jesús lo es todo, pues somos de Él y para Él. Nuestra vida entera debe estar entregada a Cristo Jesús. Por otra parte, para los que no han creído, Cristo Jesús es una piedra donde tropiezan y caen, pues la persona que parte de este mundo sin conocer a Cristo no tiene remedio, así como aquel que le rechaza, pues Él es el único Señor y Salvador aunque muchos no le acepten. Por eso, los que le rechazan están en graves problemas aunque no lo sientan así.

 

“Mas vosotros” es una frase que hace la diferencia con lo anterior, quiere decir, para ustedes los que han creído todo es diferente. Un linaje es la ascendencia o descendencia de cualquier familia. El linaje puede ser de orgullo o de vergüenza. Ser de un linaje escogido es un privilegio, cuánto más si es de origen divino.

 

El apóstol Pedro emplea conceptos del Antiguo Testamento para recalcar los privilegios del cristiano, como lo que dice Dt. 14:1,2. Los israelitas eran conocidos como hijos del Dios verdadero, pero ahora los hijos del mismo Dios son aquellos que han recibido a su Hijo Jesucristo. Como cristianos, somos de un linaje del que sanamente nos podemos enorgullecer. Todos los linajes humanos son respetables, no importa si entre ellos hay o hubo personas notables. Pero ninguno de ellos tiene comparación con ser hijo de un Rey (el Rey de Reyes y Señor de Señores). Así entonces, los cristianos debemos conducirnos con dignidad por el mundo, porque somos de un linaje escogido. Claro que conducirse con dignidad a veces nos acarrea problemas.

 

Somos real sacerdocio. Un sacerdote es una persona que habla con Dios para interceder por otros (tiene acceso a su presencia). Antes de la Ley, el cabeza de familia ejercía funciones de sacerdote en su casa (Gn. 8:20, 26:25 y 31:54). En el tiempo de la Ley, Israel sería para Dios un reino de sacerdotes (Ex. 19:6), pero Israel violó la Ley, apostató y entonces Dios limitó el sacerdocio a una familia (la de Aarón) y a una tribu (la de Leví), para que asistieran a los sacerdotes (Ex. 28:1). Los israelitas no se acercaban a Dios directamente, el sacerdote actuaba como intermediario entre Dios y el pecador.

 

Ahora, en el período de gracia, todos los creyentes se constituyen en “reyes y sacerdotes” (Ap. 1:6), por cuanto Cristo Jesús venció a la muerte en la cruz. El sacerdocio del creyente es un derecho del nuevo nacimiento, de manera semejante a que en la ley cada descendiente de Aarón nacía para ser sacerdote (Heb. 5:1). Es un privilegio del sacerdote entrar a la presencia de Dios. En la Ley, solo el denominado Sumo Sacerdote podía entrar al lugar Santísimo una vez al año (Heb. 9:7). Cuando Jesús murió en la cruz, el velo del templo (que es figura de su cuerpo), fue roto (Heb. 10:20). Ahora, los sacerdotes de la gracia (los creyentes), tenemos acceso al lugar Santísimo con Dios y al Sumo Sacerdote por excelencia, Jesucristo el Señor (Heb. 10:19-22). El del creyente es un sacerdocio real por cuanto nos es dado por el Rey de Reyes, pero también real en el otro sentido (de que no es simbólico solamente), pues es un sacerdocio que ejerce dominio, el cual se cumplirá a plenitud en el reino futuro del Señor (1ª. Co. 6:1-4, Ap. 5:10 y 20:6).

 

Como sacerdote, todo cristiano se convierte en un sacrificador (u ofrendador), porque ofrece su propio cuerpo al Señor (Ro. 12:1), da alabanza a Dios; el fruto de labios que confiesen su nombre de contínuo (Heb. 134:15), ofrece sus bienes (Heb. 13:16, Ro. 12:13, Ga. 6:6), tiene la responsabilidad de llevar a otros a su presencia (2ª. Co. 5:18-21), tiene la tarea de trabajar para que otros también se reconcilien con Dios. El sacerdote de la gracia intercede por muchos (1 T. 2:1, Col. 4:12).

 

El hecho de que los cristianos constituimos una nación santa, es una referencia a Dt. 7:6, Is. 62:12 y Ex. 19:6. Israel perdió el privilegio de ser el pueblo único y exclusivo de Dios, aunque hay una promesa futura para Israel, como dice Ro. 11:1-12, que tendrá su cumplimiento cuando acepten al Mesías, pues ninguno (sea quien sea), podrá arribar a la presencia del Padre si no tiene fe en Jesucristo (Jn. 14:6). Hoy la nación santa está compuesta por todos los creyentes (los cuales están apartados para Dios). Dios ha reemplazado a aquella nación con la iglesia.

 

El privilegio de que los cristianos somos pueblo adquirido, nos impulsa a actuar de tal manera que nuestra relación con Cristo Jesús es más importante que nuestras tareas, éxitos, riquezas o conocimientos. Hemos sido adquiridos a precio de sangre para ser propiedad de Dios, pero no de cualquier sangre, sino la que derramó el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn. 1:29).

 

El gran propósito de Dios para cada uno de nosotros en esta tierra es para que anunciemos sus virtudes. Somos llamados a representar a Dios delante de los hombres. Nuestros valores vienen como resultado de ser hijos de Dios, no como producto de lo que podemos lograr. Debemos decir “soy valioso por lo que Dios hizo por mí y no por lo que hago”. Para cumplir el propósito de Dios, debemos dar a conocer lo que antes se ignoraba (el evangelio), que son las virtudes o excelencias de Dios (Hch. 1:8).

 

Seamos agradecidos siempre con nuestro Dios por el rescate inmerecido que hizo de nosotros, que nos sacó de las tinieblas y nos hizo hijos de luz, para que anunciemos lo que hizo por nosotros y por todo el mundo (Hch. 26:18, Ef. 5:8, Col.1:13, 1ª. Jn. 2:8-12).

 

El apóstol Pedro, inspirado por Dios exhorta en esta palabra sobre diversas bases, a la santidad de vida de todos los hijos de Dios, pues un real sacerdote santo, comprado por la sangre de Cristo, no debe andar por el mundo como si fuese de las tinieblas; sus obras deben claras y transparentes.