Parábola del hombre que se fue de viaje

Sermones

Parábola del hombre que se fue de viaje

21 de marzo 2010

 

Del cumplimiento puntual de las tareas y responsabilidades que cada uno tiene dependen otras personas, por eso es importante ser cumplidos para no generar problemas en lugar de dar soluciones.

 

 

34Es como el hombre que yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase.

35Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana;

36para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo.

37Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad. Mar. 13:34-37

 

El Señor Jesús ha dado la enseñanza, de que Él se tendrá que separar de sus discípulos pero que al fin de los tiempos regresará (Mr. 13:31-33). Las palabras de Jesús son eternas y perfectas; siempre se cumplen y hoy están vigentes. Todas las instrucciones que dio son también para hoy. No sabemos cuándo el Señor Jesús regresará (nadie lo sabe), pero así será; lo que nos corresponde es velar y orar. El tema de la segunda venida del Señor Jesús se ilustra en esta parábola por Él mismo.

 

La parábola habla de un jefe de familia que se fue lejos, tal vez a un viaje de negocios, como era costumbre en aquellos tiempos con aquellos que tenían hacienda. Los viajes eran hasta de años, para conseguir materias primas, clientes, cerrar tratos de negocios, etc., y poder sostener su nivel de vida o incrementar sus ganancias. Este tipo de hombres, al irse, procuraban dejar todo en orden y funcionando (produciendo); para lo cual, tenían que delegar a sus siervos funciones que el patrón hacía o supervisaba habitualmente. Para cumplir con el encargo en su ausencia, les daba autoridad.

 

Si en la propiedad había terrenos cultivables, debía seguirse preparando la tierra, sembrando, cuidando el crecimiento de las plantas y cosechando todo en el tiempo correspondiente, aunque el señor de la casa no estuviera. Debían hacerse las inversiones necesarias (Mat. 25:20-27), pues en ausencia de éste, se tendría que comprar y vender lo necesario, hacer las reparaciones ordinarias y emergentes y pagar los salarios correspondientes.

 

Claro que, para que lo se quedaba en manos de otros funcionara, el señor de la casa delegó a los que antes había capacitado, que eran honrados, buenos administradores, diligentes, sin temor a fracasar y en general, entendidos. No se delega a cualquiera, sino a los que están preparados para ser responsables. Hay personas muy capaces en su cargo, pero que son incapaces para delegar, pues creen que ninguno puede hacer lo que ellos hacen (y cuando se retiran o ausentan, las cosas que construyeron se caen y no queda huella de su obra). Otros no delegan porque quieren que todo dependa de ellos (son egoístas) y siempre quieren ser protagonistas. El dueño de la hacienda se retira con la seguridad que todo seguirá funcionando, y si no, no saldría.

 

Es imprescindible que los padres de familia tengamos esas características. La familia que se quedaba debía tener toda la seguridad entre sus siervos. Es muy importante que el jefe de familia sepa delegar también a la esposa y a los hijos, así como a todas aquellas personas con las que deba hacerlo, cuando se presente la necesidad de viajar o por alguna enfermedad. Es necesario que los hijos, conforme van creciendo, asuman las responsabilidades para con su familia y su casa, así como en sus estudios o trabajos; en las relaciones humanas y en todas aquellas cosas en que sean requeridos.

 

El siervo que se queda debe tomar decisiones (y esta es la parte más difícil). Cuando se presente algo imprevisto, tal vez haya tiempo de consultar entre varios (eso es bueno), pero habrá ocasiones en que las decisiones sean propias (porque son exclusivas), pero se deberá tomar la decisión (pues el tiempo apremia).

 

Hay personas que de todo consultan a otros y otros que nada preguntan a los demás, los dos tipos de personas están erradas. Siempre hay el riesgo de equivocarse, pero hay que correrlo. Hay ocasiones en que se ve mejor el que tomó una decisión equivocada que el que nunca decidió. A veces hay ingratitud con las personas que hacen bien su trabajo y nada se les dice; ni bueno ni malo, pero el día que se equivocan sobra quién les reclame, hasta el que menos debía hacerlo. Aún así, lo gratificante que es estar bien delante de Dios y no tiene comparación con lo que se pueda experimentar por la ingratitud de algunos. Los hijos de Dios debemos estar preparados para todo y para no desanimarnos en el servicio que a Él le prestamos y a los demás.

 

Será bueno que al estudiar esta parábola no sólo nos pongamos en el lugar del jefe de familia, sino también en el lugar del siervo que recibe un encargo por la ausencia de aquél. Una vez asignadas las tareas, cada siervo debe hacer lo que le toca para siempre estar listo a entregar buenas cuentas a su patrón cuando regrese. Nunca había certidumbre de la fecha en que regresaría el patrón; debían los siervos estar listos todos los días. Era necesario que los siervos de la parábola esperaran a su señor trabajando, para que al regreso de él, éste no tuviese que oír algo así como “no se pudo”, “se me olvidó”, “no supe qué hacer”, “nadie me dijo”, “se me hizo tarde”, “no contaba con eso”, etc.

 

En el versículo 37 entendemos que el Señor Jesús hace extensiva esta enseñanza para nosotros (como todas las demás), estemos alertas.

 

El hombre de la parábola representa a Jesús, que se ha ido, pero regresará. Los siervos somos nosotros, que debemos cumplir todas nuestras responsabilidades, pero enmarcadas en la obediencia a Dios de predicar su palabra con testimonio. Asumamos con valor las responsabilidades que tenemos (1ª. Co. 15:58 y 16:13,14). Esperemos con gozo y trabajando el regreso de nuestro Señor y Salvador. Su venida está próxima, puede ser hoy, estemos listos en todo tiempo.