Parábola del crecimiento del trigo

Sermones

Parábola del crecimiento del trigo

14 de marzo de 2010

 

Desde que creímos en el Señor Jesucristo, se operaron cambios en nuestro ser que somos incapaces de explicar con palabras, pero podemos explicarlos con un cambio de conducta.

 

 

26Decía además: Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra;

27y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo.

28Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga;

29y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado. Mar. 4:26-29

 

En los versículos anteriores (21-25), de este capítulo, leemos cómo el Señor Jesús enseña a sus discípulos que la luz revela todo; lo bueno y lo malo. Los seguidores de Él deben mirar lo que oyen es decir, ser congruentes con su testimonio. Luego el Señor Jesús enseña en este pasaje (vers. 26-29), cómo es el crecimiento de la semilla, con el propósito de que los oyentes aprendan sobre las grandes cosas que Dios hace en ellos sin que a veces se den cuenta, pero que siempre deben dar la gloria a Él. Esta parábola tiene especial importancia porque tiene relación con otras que tratan también asuntos del campo y podría decirse que establece una relación entre varias.

 

En las cosas del reino de Dios están todos aquellos que siguen a Jesús y hacen su voluntad. Es el ámbito del cristianismo. Un hombre echa, arroja o siembra semilla con uno o varios propósitos, tales como la alimentación, el sostenimiento, la previsión o el enriquecimiento. Es muy probable que la semilla a la que se hace referencia sea el trigo por la descripción que se hace de su crecimiento y porque el Señor se refería continuamente a esta gramínea para dar enseñanzas grandes, pero puede también ser otra gramínea. Se siembra trigo (si lo es), una vez al año. Conforme a la parábola del trigo y la cizaña (Mt. 13:24), se debe sembrar la semilla de la mejor calidad (buena semilla).

 

Cuando dice que el hombre de la parábola “duerme y se levanta, de noche y de día”, no quiere decir que siembra y se olvida de ella, sino que se indica que el tiempo pasa inexorable, mientras algo importante ocurre con la semilla. En ese mismo periodo aquel hombre tiene cuidado de la semilla y aun de su crecimiento; la cuida de diversos peligros, desde ser consumida por las aves (Mt. 13:4, parábola del sembrador), hasta de ser destruida por otra persona (Mt. 13:25; el trigo y la cizaña). Aquel hombre debe entonces proveer los cuidados suficientes a la semilla (como por ejemplo, dándole la humedad suficiente).

 

El hombre hace únicamente lo que debe hacer, pero realmente no sabe por qué o cómo ocurren los cambios en la semilla. La semilla o el grano, prácticamente debe morir primero y luego germinar para dar vida (esto es un misterio todavía para la ciencia de hoy). Cuando ha germinado, brota o sale de la tierra y el hombre que la sembró sabe lo que ve, pero no lo que no ve (Mt. 4:22), pero lo que se ve nos muestra que algo que no vimos ocurrió, pero no sabemos cómo ni intervenimos en ello.

 

La tierra, para que actúe con la semilla, debe ser buena (Mr. 4:8, parábola del sembrador). La tierra buena tiene nutrientes que aportan para el crecimiento (sales minerales) y puede tener humedad natural o proporcionada por el hombre. Para que la semilla se desarrolle, también necesita una dosis de sol y de viento. El crecimiento es un proceso y por lo mismo, es gradual (de menos a más siempre), aunque la semilla se recibió en un instante. El primer paso visible es que la semilla se transforme en hierba; es decir una planta tierna y frágil. Luego se convierte en espiga que es la etapa donde ya existe el grano (en el caso del trigo), pero pequeño y oculto. Espiga con grano es la etapa cuando éste es manifestado por su gran tamaño.

 

Luego, en la madurez del fruto, éste se tiene que segar (cortarlo), en el tiempo correspondiente y específico (Mt. 20:1, parábola de los obreros de la viña), no cuando el hombre tenga tiempo y deseos. Para entonces se mete la hoz con seguridad.

 

Explicación de la parábola. Hay dos formas de explicar esta parábola ambas útiles:

 

Aquel hombre de la parábola es un cristiano que siembra la semilla (la palabra de Dios), después de sembrar, el hombre nada tiene que hacer, sino lo que corresponde a un buen testimonio, no para incidir en el que recibe la palabra, sino porque esa es su naturaleza espiritual de obediencia. Si la palabra cayó en buena tierra (Mr. 4:20), crece en el que la recibió, pero con el crecimiento que solo Dios da (1ª. Co. 3:6-9 y Col. 2:19), que es una maravilla para el hombre que la recibió que no puede explicar lo que ha ocurrido en su interior, pero da evidencia de que es hijo de Dios (los que lo ven no saben cómo Dios hizo el cambio). La edad madura de la planta (en la siega), es cuando este hombre se entregó a Dios. Esta enseñanza nos recuerda evitar toda jactancia cuando somos instrumentos de Dios para que otros crean y darle la gloria a Él (Ef. 4:15, 16).

 

En otra explicación algunos pueden ver en el hombre de la parábola al mismo Jesús que sembró la semilla y luego ésta va creciendo con la predicación de sus apóstoles, hasta llegar el tiempo de la siega (cuando se recogen los granos para llevarlos al granero, como en la parábola del trigo y la cizaña), que equivale al día del juicio.

 

Para la ciencia de hoy, la vida y el crecimiento de los seres vivos siguen siendo un misterio. Nos seguimos maravillando de cómo Dios transforma la vida de personas que se daban por muertas, de cómo Él cambia el semblante de los rostros, de cómo cambia Dios las intenciones del corazón, de cómo se hace bueno el malo, de cómo oímos palabras sabias de personas sin letras; y todo esto lo hace Dios sólo con aquellos que se entregan a Jesucristo y lo reconocen como su Señor y Salvador.

 

Después de esta lectura, cada uno de nosotros tenemos una pregunta obligada: ¿Cuánto he crecido espiritualmente?