Parábola de los hijos

Sermones

Parábola de los hijos

17 de octubre de 2010

 

Como hijos de Dios, estemos preparados para acudir a su llamado a servirle; se verá que verdaderamente estamos dispuestos, cuando de inmediato pongamos manos a la obra.

 

28Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña.

29Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue.

30Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue.

31¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios.

32Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle. Mat. 21:28-32

 

En la ocasión a que se refiere este pasaje, están presentes los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo, aparte de sus discípulos. Aquellos están sorprendidos del poder de Jesús (vers. 23), pensando que ese poder, según ellos, no venía del Padre.

 

Todas las preguntas en una enseñanza son para reflexión, para que cada uno opine acerca de ello; eso es lo que busca el Señor Jesús al decirles ¿qué os parece? Veamos primero el asunto de la relación natural de un padre con sus hijos en cuanto a las preferencias. En principio, ningún padre o madre debe amar más a un hijo que a otro, la Biblia así lo muestra por ejemplo, en los casos de Jacob y Esaú, del hijo pródigo y su hermano, de Salomón y Absalón, Jacobo y Juan y otros. Nosotros, los padres cristianos lo hemos corroborado.

 

Pero a la vista de los hijos, ellos creen que se ama más a alguno; normalmente al que recibe menos disciplina y, ¿por qué recibe menos disciplina? -porque incurre en menos faltas. Tal vez a alguno de nosotros cuestionaba así cuando éramos hijos de familia; si seguimos pensando así, es que no hemos madurado: ¿Por qué se ha de disciplinar al que obedece? Claro que no descartamos que haya padres que actúen de manera desigual para con sus hijos, pero, entre los hijos de Dios no debe ser así.

 

Los enojos de los hijos a veces son porque se les manda hacer algo (y en ocasiones son disciplinados cuando no obedecen). Pero todos los hijos deben crecer con la enseñanza de que deben ocuparse en algo (no necesariamente en algo que sea remunerado). Los hijos deben responder afirmativamente cuando se les solicite hacer alguna labor, pero pueden negarse cuándo les sea solicitado algo que los haga indignos o que los explote (y deben manifestarlo). Lo que el padre de esta parábola solicita a dos hijos se supone es para cubrir una necesidad (ordinaria o apremiante); por el contexto y la forma del relato; no habitualmente trabajaban sus hijos en la viña.

 

El primer  hijo que fue requerido para trabajar en la viña, manifestó tal vez con sinceridad lo que pensaba y se negó (es buena la sinceridad, pero es mejor la obediencia; tengamos o no, deseos de hacer lo que se nos pide). Sin embargo, aquel hijo puso por encima de su gusto o su estado de ánimo, la responsabilidad y la obediencia (esto es muy importante). Pero si se obedece con alegría, es todavía mejor. Cuando aquel hijo dijo “no quiero”, se entendió que no iría, pero luego reflexionó, sopesó, usó de prudencia, de arrepentimiento y fue a trabajar. ¿Alguna vez usted despertó y pensó: “no quiero ir a trabajar”, pero fue?, ¿por qué fue?, ¿por necesidad, por miedo, porque es mejor salir o porque era lo mejor? Para hacer las cosas bien, es bueno arrepentirse de lo malo.

 

Al recibir aquel padre la negativa del primer hijo (y tal vez sin saber de su obediencia), acude al otro (no se dice si se requería de uno o de los dos). El segundo hijo respondió afirmativamente, tal vez con respeto y hasta con sinceridad, pero no fue; puede ser que creyó en la necesidad y la importancia de respetar al padre, pero pudo haber tenido pereza u otros planes (y lo negativo que tenía en su corazón tuvo más peso que su buena intención), otra opción es que olvidó lo que había prometido (porque no le tomó importancia), o porque pensaba ir pero de momento surgió algo que le atrajo más. También podía existir la posibilidad de que no haya sido sincero y le dijo a su padre que iría para que no lo siguiera importunando. ¿Serán capaces nuestros jóvenes de hacer esto? Cualquiera que haya sido la forma o el asunto que provocó su negativa, se muestra a este hijo como mentiroso, irresponsable, comodino, tal vez perezoso y además desobediente.

 

Después el Señor Jesús pregunta a sus oyentes sobre cuál de los hijos hizo la voluntad de su padre. Aquí nosotros contestaríamos lo mismo que los principales sacerdotes y ancianos del pueblo -el primer hijo. En el caso del primer hijo de la parábola, éste sintió que había ofendido a su padre; rectificó ya no con palabras, sino con acciones de obediencia; esto es el arrepentimiento.

 

Todo aquel que anda en desobediencia hacia Dios, lo primero que tiene que hacer es estar consciente de ello, arrepentirse e inmediatamente pedirle perdón. Jesús quiere que sus oyentes reflexionen; hacer es mejor que decir (Stg. 1:22).

 

Por eso, el arrepentimiento es lo primero que se debe predicar a los incrédulos. Los publicanos como Mateo y Zaqueo, sabían que habían estafado a algunos o muchos y que se habían enriquecido empobreciendo a otros, así que, cuando Jesús los llamó, fueron (sin decir palabra, pues estaban arrepentidos).

 

Recordemos asimismo, a aquellas mujeres que vendían su cuerpo o que se lo ofrecían a varias personas, como Rahab (en el Antiguo Testamento), la mujer adúltera y la samaritana (en el Nuevo Testamento), que se sabían y se sentían sucias en su cuerpo y en su espíritu, pero cuando se enfrentaron a la oportunidad de obedecer a Dios, no lo dudaron; querían ser limpias (se arrepintieron). Todos estos, que eran considerados los parias de la sociedad judía, despreciados por los sacerdotes, pero conscientes de su necesidad de Dios, van delante de muchos que hablan de obediencia pero no la practican. El que se cree bueno (aunque no hay alguno), está muy lejos de Dios.

 

El segundo hijo de la parábola que estamos estudiando, mostró en su respuesta ser bueno, pero en su desobediencia mostró que le faltaba arrepentirse, ¡Qué gran contraste con el primer hijo!, el cual seguramente obtendría recompensa.

 

Juan el Bautista se distinguió por preparar el camino de Jesús y por predicar el arrepentimiento. Arrepentirse era lo que hacía falta a los principales sacerdotes y ancianos del pueblo, algunos de los cuales escucharon esta parábola del Maestro.

 

Reflexionemos hoy en lo que Dios nos ha pedido que hagamos; pero no antepongamos nuestro yo a la obediencia que debemos darle. El que no ha creído en Jesús, debe reflexionar en la necesidad de arrepentirse de sus pecados ante el Padre Celestial. Es mejor iniciar ya la obra encomendada, que prometer; menos palabras y más acciones.