Palabras prudentes

Sermones

27 de marzo de 2011

 

El que habla mucho está expuesto a meterse en problemas, pero el que es prudente al hablar, ayuda a solucionar conflictos.

 

 

8  No entres apresuradamente en pleito,

 No sea que no sepas qué hacer al fin,

 Después que tu prójimo te haya avergonzado.

9  Trata tu causa con tu compañero,

 Y no descubras el secreto a otro,

10  No sea que te deshonre el que lo oyere,

 Y tu infamia no pueda repararse.

11  Manzana de oro con figuras de plata

 Es la palabra dicha como conviene.

12  Como zarcillo de oro y joyel de oro fino

 Es el que reprende al sabio que tiene oído dócil.

13  Como frío de nieve en tiempo de la siega,

 Así es el mensajero fiel a los que lo envían,

 Pues al alma de su señor da refrigerio.

14  Como nubes y vientos sin lluvia,

 Así es el hombre que se jacta de falsa liberalidad. Pr. 25:8-14

 

Un niño recién nacido no articula palabras, pero conforme crece las va aprendiendo y las asocia a acciones, por eso es muy importante el ejemplo que tenga en casa de los todos que viven con él. Pero un cristiano debe cuidar sus palabras y acciones delante de Dios; como consecuencia será ejemplo para todos los que lo rodeen (grandes y pequeños). En este mensaje nos centraremos en la necesidad de cuidar las palabras que pronunciamos, las cuales nos describen en nuestros gustos, en nuestra personalidad y en nuestras debilidades.

 

Es muy importante para nosotros (debe serlo siempre), evitar pleitos. A veces un pleito inicia con una palabra o frase que no debía haberse dicho, la cual, cuando la escucha el contencioso o pendenciero, comienza el pleito.

Hay pleitos inevitables, que son aquellos en los que a uno lo meten sin haberlo solicitado. En esos casos procuremos salirnos lo más pronto posible. El contencioso busca dónde hay pleitos para involucrarse en ellos. Existe gente así. Pero nosotros nunca entremos a un pleito que no sea nuestro. El día que estemos en algún pleito, en todo caso aprovechemos para arbitrar o para combatir injusticias que esté en nuestra mano solucionar con sabiduría.

 

Las provocaciones vienen del enemigo de las almas, al utilizar a algunas personas; no caigamos en provocaciones (tengamos paciencia). Ninguna palabra ofensiva (o gesto) que nos hagan, es justificante para que hagamos pleito. Los hijos de Dios no deben meterse en el terreno de los incrédulos, porque no tendrán cómo responder (pues somos diferentes). Los cristianos debemos ser pacíficos y pacificadores en palabras y hechos.

La gran mayoría de los pleitos son de violencia verbal, no física; cuidemos lo que decimos.

 

La mayoría de los pleitos ocurren con personas conocidas e incluso muy cercanas. Nuestro compañero de al lado o de la vida es aquel con el que eventualmente podemos tener pleito, al cual, en ese caso, por dignidad, debemos pedir respeto y restitución de aquellas cosas en lo que hayamos sido agraviados, desprestigiados o difamados, pero no debe ser una fijación ni debemos ser inflexibles. Procuremos arreglar los malentendidos, pero hasta el punto donde no dejemos de ser prudentes (Mat. 5:25 y Mat. 18:15). No divulguemos las fallas del otro (ni las nuestras), porque frecuentemente se incurre en el error de platicarle el asunto a alguno, algunos o muchos y no tener el valor de hablar a solas con el que ha agraviado. En el caso del divulgador a veces éste resulta peor que el que insultó.

 

Un cristianos no debe ser chismoso (es chismoso tanto el que cuenta algo, como el que abre su oído para escuchar el chisme). Si enseñamos el orden bíblico a los de nuestra casa (y nos hacen caso), les evitaremos muchos pleitos futuros (Pr. 11:13). Debemos cuidar qué hablamos y con quién.

 

Al que habla lo que es correcto, Dios le compara con las manzanas de oro que eran parte de la obra primorosa de arte que Dios había dispuesto para el ornato del templo de Jerusalén. Un cristiano que se expresa correctamente y edifica, es un adorno que Dios pone en el templo. Así también es la palabra dicha convenientemente; un adorno dedicado a Dios y de bendición para quien la dice y quien la escucha; pues produce paz y da sabiduría (Pr. 15:23).

 

Un sabio es aquel que conoce a Dios y procura obedecerle, pero también a veces se equivoca; en ese caso otro le debe hacer ver su error (el cual es testigo). Mt. 7:3-5 nos ilustra cuáles son las condiciones que se deben cumplir en casos así. El grande problema del sabio es cuando se cree sabio, pero si lo es, escuchará la reprensión del otro que supuestamente es menos sabio. El que hace esto, es comparado a joyas de otro trabajadas de una manera exquisita (Pr. 15:31). Tengamos oído dócil. Que nunca digamos o pensemos que ninguno nos puede enseñar.

No menospreciemos las palabras de otros; valoremos y sopesemos con humildad e inteligencia las exhortaciones.

 

El tiempo de la siega o cosecha es el verano, cuando el campesino debe estar en el campo y desearía estar a la sombra. Aquel trabajador se alegraría si al estar segando sintiera de repente un viento invernal, sería un remanso; ese bienestar lo produce un mensajero que pronuncia las palabras precisas (o fieles), adecuadas y necesarias (Pr. 13:17). ¡Cuán importante es esto para nuestra vida! El que no sigue estas enseñanzas es como una nube sin agua que no trae beneficios al hombre del campo (aunque los anuncia). Es también como el viento que alienta el corazón del campesino que espera la lluvia que riega la siembra, pero que nunca llega; pues es un viento que solo incomoda, pues trae basura y polvo.

 

El que se jacta de liberal es el que dice que ninguno le debe decir lo que debe hacer; el tal se ha cerrado a aprender y ha iniciado un proceso de desaprendizaje.  Por no escuchar a otros se enfrentará a graves conflictos, pues no es humilde, sino que es ignorante pero no lo sabe o lo sabe pero no quiere darlo a conocer, pues es en todo caso arrogante (Pr. 20:6, Jud. 12).

 

Que nuestras buenas palabras sean el reflejo de que hemos sido transformados por Cristo Jesús y, si no es así, iniciemos hoy cuidando lo que decimos. Que no seamos contenciosos de palabra o acción. No ofendamos de ninguna manera, pues no es necesario decir malas palabras para ofender. No demos lugar a las provocaciones del diablo; echemos mano de la comunión estrecha con nuestro Dios. Seamos dócil oído, oyendo primero a Dios.