Palabras de Jesús en la cruz

Sermones

Palabras de Jesús en la cruz

10 de abril de 2009

 

Jesús, habiendo sido acusado injustamente, golpeado, vituperado, escupido, azotado y escarnecido, es colgado en una cruz en el monte de la calavera, como si fuese el peor delincuente de la historia. Allí en la cruz, en tormentos espirituales y físicos que jamás alguno haya tenido, en un esfuerzo inmenso, abrió su boca y enseñó cosas tan grandes como las que enseñaba en la cumbre de las montañas, rodeado entonces de sus discípulos, aquellos que ahora, llenos de terror, le habían abandonado.

 

Las palabras o frases que a continuación se comentan, son las únicas que registran los evangelios que habló Jesús estando en agonía, colgado en un madero, para salvar al mundo.

 

Primera frase. “Perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Palabra de perdón).

34Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes. Luc. 23:34

 

Esta palabra (la primera parte del versículo), conocida popularmente como la primera frase de Jesús una vez que ha sido clavado y colgado en la cruz, es en realidad desde el punto de vista gramatical una oración, pero también es una oración espiritual en la que el Hijo Unigénito de Dios clama a su Padre; es una palabra de perdón. Es una sublime manifestación del amor de Jesús, que en los momentos de mayor sufrimiento piensa en la salvación de los pecadores.

 

Dirige esta oración a su Padre, cuando está derramando su sangre preciosa por la salvación de todo aquel que crea en Él, es su oración después de haber sido procesado en el juicio más injusto de la historia, por la acusación de un traidor, y habiendo sufrido infamias, con presencia de testigos falsos, jueces corruptos y un pueblo manipulado.

 

En ese momento de injusticia y burla, el Señor Jesús clama en oración y pide perdón por aquellos que le han agraviado, que son sus enemigos; que sabían (eso sí), que mataban, a un inocente, (Mt. 27:17, 18, 23) pero no sabían que fuese el Mesías. Jesús oraba por sus asesinos (Hch. 3:13-20, 1ª. Co. 2:7,8), aun cuando éstos habían manifestado hacerse responsables de su muerte (Mt. 27:25). Jesús oraba para que fuesen perdonados los líderes judíos, los políticos romanos, los soldados y todos los que se burlaban de Él.

 

Jesús vino a cambiar todas las cosas; en el Antiguo Testamento está registrado que era hasta cierto punto natural, aborrecer a los enemigos (Sal. 139:19-22), pero en la gracia, Jesús nos pide perdonar a los que nos ofenden, a los que nos deben, a los que hablan contra nosotros y el evangelio (Mt. 5:44). Debemos perdonar todo (Mt. 18:22).

 

Desde entonces, todos los genuinos seguidores de Jesús perdonan todo, porque Dios los ha habilitado para poderlo hacer. El primer mártir (Esteban), así lo hizo (Hch. 7:60) y casi dijo las mismas palabras del Salvador del mundo.

 

Será necesario que a veces solo suframos el agravio (1ª. Co. 6:7), que nos quedemos con lo que nos hayan hecho y no pensar en la venganza o guardar rencor.

 

Como consecuencia de esta súplica de Jesús en la cruz, todo aquel que pida perdón al Padre en el nombre de Jesús, será perdonado. El que pide perdón a Dios debe antes pedir perdón a los que haya ofendido. Si alguno ha pospuesto el pedir perdón a otros, es necesario lo haga ya. Es imprescindible que los hijos perdonen a sus padres. Que los padres perdonen a sus hijos. Que entre hermanos se perdonen. Que la esposa perdone a su esposo y éste a ella. No guardemos rencor contra cualquiera que tengamos frente a nosotros o muy lejano, ni contra alguno con el que convivimos hoy ni con el que convivimos hace ya mucho tiempo, ¿no es suficiente el ejemplo de Jesús?

 

Segunda frase. “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Palabra  de salvación). Lc. 23:39-43

Tercera frase. “Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre”

(Palabra de amor). Jn. 19:26-27

Cuarta frase. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Palabra de desesperación). Mt. 27:45-47

 

Quinta frase. “tengo sed” (palabra de tormento físico).

 

28 Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed.

29 Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. Jn. 19:28.

 

La fijación en la cruz mediante clavos, no entrañaba una muerte inmediata, pero sí la más dolorosa de cuantas existen. Ésta sobrevenía después que la sed y el hambre hubieran surtido sus efectos.

 

Esta frase nos recuerda cuando en otra ocasión, como a la hora sexta (a mediodía junto al pozo de Jacob)

Jesús cansado del camino y sediento, le dice a una mujer; “dame de beber” (Jn. 4:7). En esa ocasión mencionó algo muy semejante a lo que dice en Jn. 4:14 y 7:38.  Allí también quita la separación entre judíos y samaritanos. Ésta es la única frase que refleja un sufrimiento físico.

 

Él, que es la fuente de agua de vida eterna dice “sed tengo”. Y le sacian en algo su sed, con vinagre (Mat.  27:48, Sal 22:15), el vinagre era el vino de los pobres y los soldados, servía para saciar la sed. Le extienden una esponja mediante la vara de un hisopo, que es una planta cuyo tallo alcanza entre 45 y 65 centímetros de largo. Esta bebida que Jesús acepta, no la debemos confundir con la bebida estupefaciente (con hiel), que le ofrecieron (Mat. 27:34) y que él rechazó, recién le habían crucificado.

 

Las Escrituras en Sal. 69:21 y 22:15, muestran proféticamente y con precisión lo que ocurría en el cuerpo del Señor Jesús; la sed había hecho que su lengua se pegara a su paladar; este sufrimiento nos recuerda la parábola del rico y Lazaro (Lc. 16:24), donde aquel, sintiendo el sufrimiento del infierno, anhela que Lázaro le proporcione agua tan solo con la punta de su dedo. El Señor está en agonía, próximo a fallecer, cumpliendo así el propósito de su Padre y para que todos podamos pedir y obtener como la mujer samaritana, el agua de vida eterna. Padeció de sed extrema para que nosotros fuésemos saciados para siempre.

 

Sexta frase “Consumado es” (palabra de triunfo).

 

30 Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu. Jn. 19:30

 

En Jn.17:3,4 Jesús dice al Padre: “He acabado la obra que me diste que hiciese”. En estos momentos en la cruz, ha hallado Jesús nuevamente, el sentimiento de comunión íntima con su Padre; la nube del pecado se ha disipado vuelve a ver su rostro.

 

La obra de salvación está completa, perfecta, abundante, suficiente y precisa. Nada puede agregarse a esta obra, ni se requiere de otra. No son necesarios más sacrificios (Él se entregó una sola vez y para siempre).

Ninguno otro puede morir por los pecados del mundo. No requerimos de otro mesías, ni un sustituto ni un vicario de él (sólo Jesús salva). No necesitamos el perdón de un dios inventado ni de imagen de alguna, ni confesarnos ante persona alguna, solo necesitamos el perdón de Jesús. No necesitamos otra escritura ni otra palabra, ni otro evangelio, ni otro testamento (aunque un ángel lo trajese). No necesitamos otro testamento. A la Biblia que utilizamos (la Palabra de Dios), no le hacen falta ocho  libros más. No necesitamos las recetas de los judaizantes, puesto que hasta un judío, cuando se entrega a Cristo Jesús, pasa a ser cristiano como todos los demás que no son judíos, ya que para salvación ni la práctica ni las leyes judías son necesarias. No necesitamos ver más milagros para creer. No dependemos de un líder terrenal, ni de un gran predicador ni una institución salvadora. No necesitamos mas apóstoles que nos digan lo que debemos hacer (no los hay). No necesitamos las instrucciones de un iluminado que según él haya hablado con ángeles (tenemos la palabra de Dios). Es por demás que la gente se desviva tratando de encontrar otros remedios, no les servirán; será inútil. El Señor dijo “Consumado es” y así lo creemos, nada falta a la obra salvadora. ¿Qué mas señales se necesitan para creer y obedecer a Dios?

 

Séptima frase “En tus manos encomiendo mi espíritu” (palabra de confiada entrega).

 

Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró. Lc. 23:46

 

Si el grano de trigo muere y cae a la tierra lleva mucho fruto, dice la palabra de Dios en Jn. 12:24.

 

En Sal. 31:5 encontramos la profecía cuyo cumplimiento se verifica en Lc. 23:46. Después de que el Señor se ha encomendado al Padre, Mat. 27:51 registra que la tierra tembló y las rocas se partieron. El velo del templo se rasgó en dos (Lc. 23:45, Mr. 15:38). Jesús tiene la conciencia al momento de expirar, de entrar a la plena comunión con el Dios viviente (y así debemos morir nosotros).

La rotura del velo del templo del antiguo pacto es un hecho muy relevante, pues significaba que:

 

Se había hecho la propiciación completa.

Cristo había pasado a través del velo, hasta el lugar santísimo, a la presencia de mismo Padre.

Cristo es ahora el Sumo Sacerdote y el Mediador, anulando el sacerdocio humano que fuera establecido anteriormente entre los hombres y Dios.

Todo creyente tiene acceso directo a la presencia y al favor de Dios, sin necesidad de otro sacerdocio que el de Cristo mismo.

 

Jesucristo dio su vida para salvar a todo el mundo, ¿cuántos hemos aceptado esta salvación?

Él entregó su vida en sacrificio (una ofrenda perfecta para su Padre, para que sólo Él fuese alabado) y para sea reconocido como el único Dios. Para que el Padre fuese adorado por todos los que creyeran en Jesucristo como su Salvador.

La profecía de Is. 53:10-12 nos enseña que Jesús, después de su obra expiatoria, quedará satisfecho, pues los que creen en pasan a ser  linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios que  anunciará las virtudes de Aquel que les ha llamado de las tinieblas a su luz admirable (1ª. Pe. 2:9).

 

De manera semejante, el pecador arrepentido debe actuar y encomendar en las manos de Dios su vida, pensamiento y todo su ser.

 

Cristo murió en la cruz, para que nosotros vivamos. Se entregó al Padre, nosotros debemos entregarnos a Él. Jesucristo al morir, prácticamente estaba declarando que iba al Padre; el pecador debe acudir a Él. De nuestra parte también debe haber un sacrificio completo; una entrega perfecta total.

 

Después de su muerte, ocurre la exclamación del centurión, reconociendo a Jesús como el Hijo de Dios (Mt. 27:54), y la gente se golpeaba el pecho (Lc. 23:48), al darse cuenta que habían vociferado exigiendo el sacrificio del Hijo de Dios.

 

Toda la humanidad somos culpables de haber dado muerte al Hijo de Dios, puesto que Él, por nuestros pecados fue muerto en la cruz. Mas no es necesario que la gente se golpee el pecho, lo que se debe hacer es aceptar este sacrificio para perdón de pecados y así obtener la salvación de su alma, pues Él no se quedó en la tumba.