Moisés en el Sinaí

Sermones

Moisés en el Sinaí

26 de septiembre de 2010

                                                                                                        

Por la fe que tenemos en Cristo Jesús, impulsados por el Espíritu Santo, siempre debemos estar dispuestos a adorar a Dios en espíritu y en verdad, con toda nuestra mente, con el cuerpo preparado y con alegría.

 

 

1  En el mes tercero de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto,  en el mismo día llegaron al desierto de Sinaí.

2  Habían salido de Refidim,  y llegaron al desierto de Sinaí,  y acamparon en el desierto;  y acampó allí Israel delante del monte.

3  Y Moisés subió a Dios;  y Jehová lo llamó desde el monte,  diciendo: Así dirás a la casa de Jacob,  y anunciarás a los hijos de Israel:

4  Vosotros visteis lo que hice a los egipcios,  y cómo os tomé sobre alas de águilas,  y os he traído a mí.

5  Ahora,  pues,  si diereis oído a mi voz,  y guardareis mi pacto,  vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos;  porque mía es toda la tierra.

6  Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes,  y gente santa.  Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.

7  Entonces vino Moisés,  y llamó a los ancianos del pueblo,  y expuso en presencia de ellos todas estas palabras que Jehová le había mandado.

8  Y todo el pueblo respondió a una,  y dijeron: Todo lo que Jehová ha dicho,  haremos.  Y Moisés refirió a Jehová las palabras del pueblo.

9  Entonces Jehová dijo a Moisés: He aquí,  yo vengo a ti en una nube espesa,  para que el pueblo oiga mientras yo hablo contigo,  y también para que te crean para siempre.  Y Moisés refirió las palabras del pueblo a Jehová.

10  Y Jehová dijo a Moisés: Ve al pueblo,  y santifícalos hoy y mañana;  y laven sus vestidos,

11  y estén preparados para el día tercero,  porque al tercer día Jehová descenderá a ojos de todo el pueblo sobre el monte de Sinaí.

12  Y señalarás término al pueblo en derredor,  diciendo: Guardaos,  no subáis al monte,  ni toquéis sus límites;  cualquiera que tocare el monte,  de seguro morirá.

13  No lo tocará mano,  porque será apedreado o asaeteado;  sea animal o sea hombre,  no vivirá.  Cuando suene largamente la bocina,  subirán al monte.

14  Y descendió Moisés del monte al pueblo,  y santificó al pueblo;  y lavaron sus vestidos.

15  Y dijo al pueblo: Estad preparados para el tercer día;  no toquéis mujer.

16  Aconteció que al tercer día,  cuando vino la mañana,  vinieron truenos y relámpagos,  y espesa nube sobre el monte,  y sonido de bocina muy fuerte;  y se estremeció todo el pueblo que estaba en el campamento.

17  Y Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a Dios;  y se detuvieron al pie del monte.

18  Todo el monte Sinaí humeaba,  porque Jehová había descendido sobre él en fuego;  y el humo subía como el humo de un horno,  y todo el monte se estremecía en gran manera.

19  El sonido de la bocina iba aumentando en extremo;  Moisés hablaba,  y Dios le respondía con voz tronante.

20  Y descendió Jehová sobre el monte Sinaí,  sobre la cumbre del monte;  y llamó Jehová a Moisés a la cumbre del monte,  y Moisés subió.

21  Y Jehová dijo a Moisés: Desciende, ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová,  porque caerá multitud de ellos.

22  Y también que se santifiquen los sacerdotes que se acercan a Jehová,  para que Jehová no haga en ellos estrago.

23  Moisés dijo a Jehová: El pueblo no podrá subir al monte Sinaí,  porque tú nos has mandado diciendo: Señala límites al monte,  y santifícalo.

24  Y Jehová le dijo: Ve,  desciende,  y subirás tú,  y Aarón contigo;  mas los sacerdotes y el pueblo no traspasen el límite para subir a Jehová,  no sea que haga en ellos estrago.

25  Entonces Moisés descendió y se lo dijo al pueblo.  Ex.19:1-25

 

Después de que el pueblo de Israel ha estado 430 años en Egipto, ha salido libre y camina por el desierto, guiado por un caudillo que Dios ha puesto, Moisés había sido constituido por Dios como un libertador, un guía, en ocasiones un profeta y también un sacerdote, porque por medio de él, Dios habla a su pueblo.

 

En el tercer mes de su peregrinar, el pueblo de Israel se ha alejado de su objetivo (la tierra de Canaán), con lo que han recorrido ya debían haber llegado a la Tierra Prometida. Pero Dios ha dispuesto algo mejor que llegar de inmediato, pues el pueblo no está preparado para ofrecerse a Dios. Estaban en el desierto del Sinaí, donde hay varios montes. Muchos opinan con verdad que si aquel pueblo hubiera obedecido desde el principio, ya para entonces estaría en la tierra deseada, pero los hubieras no existen y, en todo caso, nosotros, para evitar los “hubieras”, obedezcamos desde ahora lo que ya sabemos que Dios quiere.

 

El desierto del Sinaí tiene varias cumbres, pero una de ellas (no se sabe hoy cuál es), es la que Dios escogió para hablar con Moisés y con su pueblo. El monte Sinaí es el monte Horeb; allí había llamado Dios a Moisés en el fuego de una zarza que no se consumía. Ese monte era tierra santa (Ex. 3:5).

 

Dios menciona al pueblo los antecedentes de lo que ha hecho con ellos, para que lo asocien con lo que hará. Cuando les dice que los tomó sobre alas de águilas, hace referencia a que las águilas sacan a sus polluelos del nido sobre sus alas para enseñarles a volar, pero de momento caen, sin embargo, éstas los recogen con las alas extendidas.

 

El Señor Dios elige condicionalmente a este pueblo, si dan oído a Él y guardan su pacto, dándole los títulos de “especial tesoro”, “reino de sacerdotes” y “gente santa”, porque este pueblo era el más insignificante de la tierra (Dt. 7:7), pero les amaba (Dt.7:8). Dios es soberano, no podemos poner en entredicho la elección de este pueblo, ni podemos juzgarlo. De hecho, de todos los que somos salvos ninguno teníamos las virtudes para serlo; es el amor de Dios que se manifestó en ellos y ahora en nosotros. A ellos los hizo depositarios de las disposiciones de Dios para toda la humanidad (Dt. 4:24, 26:18) y un pueblo diferente (único), Dt. 14:2. Los utilizó para representar sus caminos, para enseñar su palabra y para enseñar de su salvación, porque de ese pueblo nace el Mesías y de esa manera, la bendición dada a Abraham (Gén. 19:18), alcanza a todo el mundo. Dios da a conocer a este pueblo toda su instrucción, sin omitir palabra alguna.

 

El pueblo no era digno (por su idolatría), de hablar directamente con Dios, pero se compromete a cumplir y en ese momento se sella el pacto entre Dios y ellos (Él ya lo había prometido). Pero no obstante todas las maravillas mediante las cuales Dios se había manifestado al pueblo, tales como la nube y la columna de fuego (Ex. 13:21,22), el cruce del mar rojo, el agua de la roca, etc., Él decide que el pueblo debe oír directamente su voz, para que sigan sin reservas a Moisés. Por lo tanto, el pueblo debe prepararse para ser testigo de la presencia y la voz de Dios en el campamento. Se deben conducir santamente dos días antes; absteniéndose de diversas cosas que sabían no agradan a Dios. Debieran tener limpieza espiritual y corporal. Debían estar aptos para la presencia de Dios.

 

Él  había santificado el monte Sinaí con su presencia (Ex. 3:5), el que lo tocare, moriría; no era para menos.

Moisés obedeció e hizo que el pueblo obedeciera. No tocar mujer era parte de la preparación (Lev. 15:16-18).

Así llegó el tercer día y seguro había gran expectación, con sentimientos encontrados de solemnidad y temor.

En medio de truenos y relámpagos y espesa nube, el pueblo se estremeció, el monte se estremeció y Moisés se estremeció (Heb. 12:21); no era una erupción volcánica (aunque lo parecía), era la presencia de Dios. Pero el pueblo no podía soportar la voz de Dios (Heb. 12:18-20). En contraste, Dios pidió a Moisés acercarse más, pero el pueblo no debía traspasar los límites marcados. Los sacerdotes a que se refiere el pasaje, eran los primogénitos de cada familia, pues aun no había sido promulgada la ley del sacerdocio (Ex. 13:2 y 24:5).

 

Moisés y Aarón eran lo que podían subir al monte, Dios allí les entrega lo que a su vez darán a conocer al pueblo (los diez mandamientos), todo lo que hemos visto era el preludio de aquella gran ley de Dios. Todo esto ocurrió como anuncio de que nosotros hoy no necesitamos subir a monte alguno para hablar con Dios. De manera semejante, aquellos títulos dados al pueblo de Israel hoy son para todos los que hemos creído en Jesús como nuestro Señor y Salvador (1ª P. 2:9, Ti. 2:14, Ap. 1:6 y 5:10), nosotros somos el pueblo de Dios.

 

El día que nosotros oigamos la voz de Dios será porque ya no estemos en esta tierra, sino en el cielo, donde habrá truenos y relámpagos (Ap. 4:5). Todo aquel que ha creído en Jesús debe santificarse; que todos los que presidimos algo, andemos en santidad; apartados del mal.

 

Después de un tiempo corto, el pueblo de Israel se corrompió nuevamente y no cumplió; por eso Dios escogió a un pequeño grupo para que obedeciera en lugar del pueblo; los levitas (Lev., caps. 8 y 9), porque la mayoría de los israelitas habían reducido la ley de Dios a letra solamente. De muchos a los que Dios ha llamado a santidad, somos un pequeño remanente; andemos en santidad. Estemos siempre preparados para adorar a Dios con todo nuestro ser.

 

 

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