La Transfiguración

Sermones

La Transfiguración

22 de agosto 2010

 

Sabemos que, cuando el Señor Jesús regrese, transformará los cuerpos de los que previamente vieron transformada su vida, por haberle recibido como su Señor y Salvador.

 

 

1Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto;

2y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.

3Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.

4Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.

5Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.

6Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor.

7Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis. 8Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo. Mat. 17:1-8 (Pasajes paralelos, Luc: 9:28-36 y Mar. 9:2-8)

 

Seis días después de que Jesús ha anunciado su muerte, también ha dado a conocer a sus discípulos el costo de seguirle y anunciado su segunda venida, ocurre el pasaje que hoy nos ocupa.

 

Parece ser que los doce discípulos se asociaban en grupos de tres. Este grupo, el de Pedro, Jacobo y Juan, era el más íntimo con Jesús. A ellos, en varias ocasiones, Jesús los puso al tanto de sus planes antes que a los demás. (Jacobo y Juan eran hijos de Zebedeo y Pedro era hermano de Andrés). Jesús los lleva a un monte alto (probablemente el Hermón o Monte Santo, también conocido por Monte Sión). Hablando de esta misma ocasión, dice Luc. 9:28 que subió Jesús a orar; el evangelio nos muestra en diversos pasajes, que Jesús se apartaba a orar solo o con los discípulos.

 

Mientras Jesús oraba, ocurrió un portento; Él se transfiguró. Transfigurar es cambiar de aspecto; es una transformación. Significa también cambiar una imagen por otra (Luc. 9:29). Su rostro resplandecía como el sol; y sus vestidos eran de una blancura jamás vista en la tierra. Los discípulos, testigos de esta maravilla, tuvieron de esta manera, una muestra pequeña (pero grandiosa en la tierra), de lo que es la gloria de Jesús en el cielo (como ahora está, sentado a la diestra del Padre). Es un privilegio que les fue concedido para que lo divulgasen en su tiempo, no en ese momento (vers. 9). Este milagro o maravilla nos recuerda lo que sucedió con Moisés cuando estuvo hablando con Dios (Ex. 34:29-35). Nos recuerda también esperanza de la transformación del cuerpo del cristiano.

 

Estaban aquellos discípulos muy probablemente extasiados con la visión, cuando repentinamente se aparecieron con Jesús dos personajes muy representativos del pueblo de Israel; Moises y Eías, el primero es emblema de la Ley, mientras el segundo lo es de los profetas. Sabemos, por las Escrituras, que Moisés y Elías estaban relacionados con promesas del Antiguo Testamento que Dios cumpliría (Dt. 18:15 y Mal. 4:5-6). Luc. 9:30,31 dice que hablaban con Él acerca de su partida (del viaje que el Señor Jesús haría en seguida a Jerusalén), sabiendo lo que le acontecería allí; era un tiempo muy difícil para el Salvador del mundo (el Dios humanado), que se encaminaría al sacrificio, pero Él había de afirmar su rostro más adelante, con este propósito (Luc. 9:51).

 

La visión para estos discípulos era portentosa, inigualable e irrepetible en esta tierra. Era todo tan maravilloso, que no obstante el sueño que tenían los discípulos, estuvieron atentos (Luc. 9:32) y Pedro, sin saber lo que decía (Luc. 9:33), pero a la vez regocijándose en la gloria de Jesús, pensó que no necesitaban más que eso y propuso que se quedarán en aquel monte, para lo cual (cuando vio a Jesús apartado de aquellos varones), le dijo que hicieran tres enramadas (o chozas) para ellos, para quedarse ellos mirando esa gloria. Sin embargo, estaba Pedro cometiendo el error de hacer iguales a los tres. Mientras él hablaba, una nube los cubrió y tuvieron miedo (Luc. 9:34). Esta nube, como la que guió al pueblo de Israel por el desierto, representaba la presencia de Dios (Ex. 16:19, 33:9-10, 40:34-38, 1 R. 8:10-11). Una voz desde la nube interrumpió a Pedro y se oyó: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Que significa que Jesús es el Hijo Unigénito de Dios, sólo en quien se complace el Padre plenamente (Mt. 3:17, Is. 42:1). Estas palabras son también para nosotros, por eso, todo lo que pedimos en oración al Padre, se lo pedimos en nombre de Jesús. Por eso es necesario que las personas acudan sólo a Jesús (y a nadie más), pues el Padre lo puso sólo a Él para salvación (a Él oíd). Moisés y Elías no son iguales a Jesús.

 

Pedro narra este hecho más adelante (2ª. Pe. 1:16-18). Difícilmente podríamos nosotros soportar algo semejante, primero ser llamados aparte por Jesús, luego ver su transfiguración, luego la aparición de Moisés y Elías, luego la nube y después ¡oír la voz del Padre Celestial!; no podríamos sostenernos en pie. Una vez recibida esta revelación, los discípulos fueron tocados por Jesús; al cesar la voz, la nube desapareció y aquellos personajes también. Solo estaba Jesús, pues solamente a Él necesitaban (como hoy nosotros); sólo a Él pertenecen la honra y la gloria. “Levantaos y no temáis”, son las palabras de Jesús que indican que es necesario continuar el camino (faltaba todavía que ocurrieran muchas cosas para que después los discípulos predicaran). Nosotros tenemos muchas tareas por realizar, antes de ver la gloria del Señor Jesús en el cielo.

 

· Jesús es el Dios humanado y al estar en esa condición, padeció lo indecible después de la transfiguración, antes de llegar a la cruz y en la misma cruz, pero después de la transfiguración afirmó su rostro para cumplir su plan de salvación.

· Nosotros seremos transfigurados o transformados cuando Jesús regrese para llevarnos con Él.

· Es muy importante que en ocasiones nos apartemos fuera del ruido para orar.

· Acostumbrémonos a arrodillarnos delante de Él.

· No hay uno más grande ni importante que Cristo Jesús, a Él debemos seguir y oír.

· Hoy Dios revela grandes cosas a través de su palabra a todos los que creen en su Hijo Jesucristo.

Solo el que cree en Él irá al cielo (será salvo de la condenación).