La Santidad se manifiesta en limpieza

Sermones

La Santidad se manifiesta en limpieza

10 de enero de 2010

Si hemos sido enseñados en el camino del evangelio, caminemos por éste, procurando no contaminarnos de pensamiento ni acción, para no atentar contra Dios ni contra nosotros.

 

 

1Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más.

2Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús;

3pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación;

4que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor;

5no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios;

6que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano; porque el Señor es vengador de todo esto, como ya os hemos dicho y testificado.

7Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación.

8Así que, el que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo.

1ª. Tes. 4:1-8.

En 1ª. Tes. 3:12, 13, vemos la oración del apóstol Pablo por los hermanos de Tesalónica y el deseo de que abunden en el crecimiento que da Dios, para que se conduzcan adecuadamente como Él manda. Ahora, en el cap. 4, encontramos un exhorto del apóstol, al cual le es importante orar por el bienestar de los que ama, para que se conduzcan conforme a lo que han aprendido. Este exhorto es en el sentido de hacer un llamado para andar en santidad (también es para nosotros), que debemos orar por nuestros allegados y no perder la oportunidad de exhortar, entendiéndose la exhortación como un ruego y una solicitud que sirve de recordatorio de las cosas que se consideran importantes para no caer en errores que puedan acarrear sufrimiento al que los comete y/o a las personas que le rodean (no debe entenderse ni hacerse como un regaño). Esta reconvención que Pablo hace a los hermanos de Tesalónica es en el Señor; es decir, no es cosa del apóstol, sino de Dios.

 

Será necesario saber distinguir cuando se recibe dicha exhortación si el que la hace es impulsado por Dios o por sus propias ideas (que en ocasiones pueden ser contrarias a lo que Dios quiere). El que recibe la exhortación debe razonar en ella no buscando favorecerse o justificarse, sino viendo si es lo mejor por causa del evangelio. Las exhortaciones se dan no solo cuando algo contrario a Dios se está haciendo, sino también cuando esta inminente dicha situación. Los sermones de los predicadores guiados por Dios son considerados también exhortaciones.

 

Pablo y Timoteo habían enseñado en Tesalónica no solo de palabra, sino también en acción las cosas del evangelio, que es la mejor manera de agradar a Dios (Fil. 1:27, 1ª. Tes. 2:12, Col. 1:10). Este comportamiento debe ser para siempre (abarca todos los aspectos de nuestra vida y todos los días de ésta).

 

Las instrucciones dadas por Pablo y Timoteo a los tesalonicenses como exhortación habían sido precisas y todas relacionadas con la santificación. La santificación inicia con el acto de gracia mediante el cual el creyente es separado del mundo y de su egoísmo y es hecho santo. Después continúa con un crecimiento espiritual en el que el creyente va dejando las cosas del viejo hombre (de la carne) y vive más para Dios (en las cosas espirituales), como lo dice Ro. 6:11, 12 y en Ef. 4:22-24. El proceso de santificación termina el último día que estemos en esta tierra (1ª. Tes. 5:23, Heb. 2:11, 13:12, 1ª. Co. 6:11, Ro. 15:16). En la santificación se requiere la participación activa del creyente.

 

En este exhorto de santificación fue dicho a los tesalonicenses que se apartaran de fornicación, pues tal vez este pecado había sido recurrente en ellos o estaban muy expuestos a ello, porque muchos lo veían como algo natural (Col. 3:5). Este exhorto es para nosotros también. Los humanos, como semejantes a Dios, también somos trinitarios (tenemos espíritu, alma y cuerpo), pero estos tres son uno. Mientras estamos con vida no podemos separar uno de los otros, porque no existiríamos. Si contaminamos el cuerpo, contaminamos toda la unidad (1ª. Co. 6:18). La fornicación (el cohabitar con alguno que no corresponde en la persona ni en el tiempo), es un atentado contra Dios y contra uno mismo, ¡cuánto más si somos cristianos! (Col. 3:6,7). Ya algunos congregantes de iglesias toman este hecho de fornicación como algo no grave, porque lo asocian al amor (que es puro). Pero no debe confundirse con ello; la fornicación está asociada a la pasión, que en estos casos se define como una perturbación del alma y un apetito o afición vehemente.

 

Este llamado es muy claro y todos lo hemos entendido, pero en esto contiende el viejo hombre (1ª. Pe. 1:15). Mantengámonos en limpieza de espíritu, de mente y de cuerpo, seamos llenos del Espíritu de Dios.

 

Es muy grave no obedecer a Dios en esto u otra instrucción; que ninguno nos engañe argumentando modernidad, necesidad o naturalidad. Padecer la tentación no es pecado; el pecado reside en ceder (Ro. 5:3-5).