La escritura en la pared

Sermones

23 de enero de 2011

 

De vez en cuando hagamos un ejercicio mental para ver si nuestras acciones muestran la obediencia que debemos a Dios; si el resultado es negativo, procuremos corregir pronto para mantenernos vigentes en el camino antiguo.

 

 

1  El rey Belsasar hizo un gran banquete a mil de sus príncipes,  y en presencia de los mil bebía vino.

2  Belsasar,  con el gusto del vino,  mandó que trajesen los vasos de oro y de plata que Nabucodonosor su padre había traído del templo de Jerusalén,  para que bebiesen en ellos el rey y sus grandes,  sus mujeres y sus concubinas.

3  Entonces fueron traídos los vasos de oro que habían traído del templo de la casa de Dios que estaba en Jerusalén,  y bebieron en ellos el rey y sus príncipes,  sus mujeres y sus concubinas.

4  Bebieron vino,  y alabaron a los dioses de oro y de plata,  de bronce,  de hierro,  de madera y de piedra.

5  En aquella misma hora aparecieron los dedos de una mano de hombre,  que escribía delante del candelero sobre lo encalado de la pared del palacio real,  y el rey veía la mano que escribía.

6  Entonces el rey palideció,  y sus pensamientos lo turbaron,  y se debilitaron sus lomos,  y sus rodillas daban la una contra la otra.

7  El rey gritó en alta voz que hiciesen venir magos,  caldeos y adivinos;  y dijo el rey a los sabios de Babilonia: Cualquiera que lea esta escritura y me muestre su interpretación,  será vestido de púrpura,  y un collar de oro llevará en su cuello,  y será el tercer señor en el reino.

8  Entonces fueron introducidos todos los sabios del rey,  pero no pudieron leer la escritura ni mostrar al rey su interpretación.

9  Entonces el rey Belsasar se turbó sobremanera,  y palideció,  y sus príncipes estaban perplejos.

10  La reina,  por las palabras del rey y de sus príncipes, entró a la sala del banquete,  y dijo: Rey, vive para siempre; no te turben tus pensamientos, ni palidezca tu rostro.

11  En tu reino hay un hombre en el cual mora el espíritu de los dioses santos,  y en los días de tu padre se halló en él luz e inteligencia y sabiduría, como sabiduría de los dioses; al que el rey Nabucodonosor tu padre,  oh rey,  constituyó jefe sobre todos los magos,  astrólogos,  caldeos y adivinos,

12  por cuanto fue hallado en él mayor espíritu y ciencia y entendimiento,  para interpretar sueños y descifrar enigmas y resolver dudas; esto es, en Daniel, al cual el rey puso por nombre Beltsasar.  Llámese,  pues, ahora a Daniel, y él te dará la interpretación.

13  Entonces Daniel fue traído delante del rey. Y dijo el rey a Daniel:  ¿Eres tú aquel Daniel de los hijos de la cautividad de Judá, que mi padre trajo de Judea?

14  Yo he oído de ti que el espíritu de los dioses santos está en ti,  y que en ti se halló luz,  entendimiento y mayor sabiduría.

15  Y ahora fueron traídos delante de mí sabios y astrólogos para que leyesen esta escritura y me diesen su interpretación;  pero no han podido mostrarme la interpretación del asunto.

16  Yo,  pues,  he oído de ti que puedes dar interpretaciones y resolver dificultades. Si ahora puedes leer esta escritura y darme su interpretación,  serás vestido de púrpura,  y un collar de oro llevarás en tu cuello,  y serás el tercer señor en el reino.

17  Entonces Daniel respondió y dijo delante del rey: Tus dones sean para ti,  y da tus recompensas a otros.  Leeré la escritura al rey, y le daré la interpretación.

18  El Altísimo Dios, oh rey,  dio a Nabucodonosor tu padre el reino y la grandeza, la gloria y la majestad.

19  Y por la grandeza que le dio, todos los pueblos,  naciones y lenguas temblaban y temían delante de él. A quien quería mataba, y a quien quería daba vida; engrandecía a quien quería, y a quien quería humillaba.

20  Mas cuando su corazón se ensoberbeció,  y su espíritu se endureció en su orgullo,  fue depuesto del trono de su reino, y despojado de su gloria.

21  Y fue echado de entre los hijos de los hombres,  y su mente se hizo semejante a la de las bestias,  y con los asnos monteses fue su morada.  Hierba le hicieron comer como a buey,  y su cuerpo fue mojado con el rocío del cielo,  hasta que reconoció que el Altísimo Dios tiene dominio sobre el reino de los hombres,  y que pone sobre él al que le place.

22  Y tú, su hijo Belsasar, no has humillado tu corazón, sabiendo todo esto;

23  sino que contra el Señor del cielo te has ensoberbecido, e hiciste traer delante de ti los vasos de su casa, y tú y tus grandes,  tus mujeres y tus concubinas,  bebisteis vino en ellos;  además de esto, diste alabanza a dioses de plata y oro,  de bronce,  de hierro,  de madera y de piedra,  que ni ven,  ni oyen,  ni saben;  y al Dios en cuya mano está tu vida,  y cuyos son todos tus caminos,  nunca honraste.

24  Entonces de su presencia fue enviada la mano que trazó esta escritura.

25  Y la escritura que trazó es:  MENE, MENE, TEKEL, UPARSIN.

26  Esta es la interpretación del asunto:  MENE: Contó Dios tu reino,  y le ha puesto fin.

27  TEKEL: Pesado has sido en balanza,  y fuiste hallado falto.

28  PERES: Tu reino ha sido roto,  y dado a los medos y a los persas.

29  Entonces mandó Belsasar vestir a Daniel de púrpura,  y poner en su cuello un collar de oro,  y proclamar que él era el tercer señor del reino.

30  La misma noche fue muerto Belsasar rey de los caldeos.  Dn. 5:1-30

 

La ocasión que este capítulo nos muestra, ocurre cuando ya han pasado veinte años de que Nabucodonosor ha muerto. Belsasar es el último rey de Babilonia, reconocido como hijo de Nabucodonosor por tener el trono que éste tuvo (es semejante a decir a cada rey de Judá “hijo de David”), pero por sangre era hijo del rey Nabónido, el cual lo había puesto como rey o regente de Babilonia.

 

Belsasar se encontraba dedicado al deleite en medio de una fiesta idolátrica, mandó traer los vasos de oro que Nabucodonosor había sustraído del templo de Jerusalén, para degustar en los mismos el vino. Aquellos vasos habían sido utilizados para el servicio del templo del Dios verdadero, pero ahora se utilizaban para una fiesta a los ídolos.

 

En el clímax de aquella bacanal ocurrió algo portentoso que llamó la atención de los presentes; apareció una mano cuyos dedos escribieron algo en la blanca pared del palacio. Al rey se le diluyó la borrachera, palideció y se confundió; se debilitó y desfallecía. Belsasar, desesperado, mandó traer a los adivinos del reino a los que Daniel había salvado la vida (2:24); para que le interpretaran aquella escritura. Al que lo hiciera ofrece el tercer lugar en el reino, porque el segundo lo tenía él (Belsasar). Pero ninguno de aquellos sabios lo pudo hacer. Nadie sabía qué hacer ni qué estaba pasando ni qué iba a pasar.

 

La reina (tal vez la reina madre), desafiando el protocolo que indicaba que ninguno podría entrar a la presencia del rey sin tener el aval de éste (le podía representar la muerte aunque fuese la reina), entró a la sala del banquete e informó a Belsasar sobre la persona de Daniel. Este hecho nos recuerda lo importante que es para los casados, el consejo de la esposa sabia.

 

Al llegar Daniel a la corte, es identificado por el rey Belsasar, pero éste creía que la sabiduría de Daniel provenía de aquellos dioses paganos. El rey refirma los ofrecimientos a Daniel si interpreta la visión, que consisten en vestirlo de púrpura,  ponerle un collar de oro en tu cuello,  y ser el tercer señor en el reino. Daniel actuó dignamente; le dice al rey que debe quedarse con sus tesoros o dárselos a otros; pero él hará su trabajo.

Gran ejemplo tenemos todos aquí; se puede y se debe vivir con dignidad.

 

Daniel refiere a Belsasar lo que pasó a Nabucodonosor por soberbio (aun cuando fue el verdadero conquistador), había enloquecido al grado de convertirse en una bestia, hasta que reconoció al Dios verdadero (4:32-37) y dejó de llamarle solo “el Dios de Daniel” (2:47) o el “Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego (3:28,29). Belsasar debió haber aprendido de Nabucodonosor (pero no le interesó o lo olvidó) y debía ya saber de Daniel (pero no se preocupó de ello); estaba muy expuesto al haber desaprovechado la experiencia de otros, el hombre entendido sí puede aprender en cabeza ajena (aunque muchos digan lo contrario).

 

Daniel dice al rey que por eso envió Dios una mano que escribió en la pared encalada: MENE, MENE, TEKEL, UPARSIN, palabras que vistas una por una, son nombres de pesas y también de monedas antiguas; MENE = mina, TEKEL = siclo y UPARSIN (palabra plural) viene de PERES = media mina. Pero representan una frase profética que hace alusión al inmediato juicio de Dios sobre Babilonia:

MENE.- Contar. Contó Dios tu reino y le ha puesto fin. Luego se repite esta palabra para hacer énfasis en el término del plazo que Dios ha dado.

TEKEL.- Pesar. Pesado has sido en balanza y fuiste hallado falto (pesas menos de lo debido); no has cumplido con lo que de ti se esperaba.

UPARSIN.- Dividir. Tu reino ha sido dividido y ha sido entregado a los medos y a los persas (Peres = persas).

Después de la revelación de Daniel, Belsasar cumplió su palabra con él, no obstante lo trágico de esta profecía inmediata. Pero aquella noche murió Belsasar y murió el reino caldeo o babilonio (había resurgido pero no existe más, hasta hoy). Se cumplió la profecía de Isaías 13:19-22. La historia griega de este hecho, contada por Jenofonte en el libro “Ciropedia”, dice que la misma noche de la orgía llegó Ciro a Babilonia; todavía estaban bebiendo cuando éste tomó la ciudad estando al mando de la incursión Gobrias, conocido en la Biblia como Darío de Media. Hoy lo que ha quedado de Babilonia es solo es estigma de ser considerada la madre de todas las abominaciones de la tierra (Ap. 17:5) y la personificación de la idolatría.

 

Para nosotros queda claro el mensaje de que las cosas terminan cuando Dios lo dispone. Aparentemente no hay quien detenga a los que se oponen a los designios de Dios, pero todo tiene un límite y un término y solo Dios sabe cuándo será. Si nuestro Dios nos sopesara hoy conforme a lo que somos y lo que debemos hacer, ¿nos hallaría faltos o hallaría que hemos cumplido?, ¿hemos realizado el encargo que Dios nos dio o, por nuestro incumplimiento Él lo dará a otro? Pensemos en todo esto.

 

Estemos siempre dispuestos a reconocer la grandeza y soberanía de Dios en nuestras vidas. Vivamos dignamente comprometidos con Dios. Oigamos el consejo de Dios a través de su Santo Espíritu.