La curación de Naamán

Sermones

La curación de Naamán

15 de agosto de 2010

 

En la obediencia que tengamos a todas las instrucciones que Dios nos da en su palabra, está nuestro bienestar espiritual y por lo tanto, la seguridad de que le agradamos.

 

 

1Naamán, general del ejército del rey de Siria, era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima, porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria. Era este hombre valeroso en extremo, pero leproso. 2Y de Siria habían salido bandas armadas, y habían llevado cautiva de la tierra de Israel a una muchacha, la cual servía a la mujer de Naamán. 3Esta dijo a su señora: Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra. 4Entrando Naamán a su señor, le relató diciendo: Así y así ha dicho una muchacha que es de la tierra de Israel. 5Y le dijo el rey de Siria: Anda, ve, y yo enviaré cartas al rey de Israel. Salió, pues, él, llevando consigo diez talentos de plata, y seis mil piezas de oro, y diez mudas de vestidos. 6Tomó también cartas para el rey de Israel, que decían así: Cuando lleguen a ti estas cartas, sabe por ellas que yo envío a ti mi siervo Naamán, para que lo sanes de su lepra. 7Luego que el rey de Israel leyó las cartas, rasgó sus vestidos, y dijo: ¿Soy yo Dios, que mate y dé vida, para que éste envíe a mí a que sane un hombre de su lepra? Considerad ahora, y ved cómo busca ocasión contra mí. 8Cuando Eliseo el varón de Dios oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestidos, envió a decir al rey: ¿Por qué has rasgado tus vestidos? Venga ahora a mí, y sabrá que hay profeta en Israel. 9Y vino Naamán con sus caballos y con su carro, y se paró a las puertas de la casa de Eliseo. 10Entonces Eliseo le envió un mensajero, diciendo: Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio. 11Y Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra. 12Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Si me lavare en ellos, ¿no seré también limpio? Y se volvió, y se fue enojado. 13Mas sus criados se le acercaron y le hablaron diciendo: Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio? 14El entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio. 15Y volvió al varón de Dios, él y toda su compañía, y se puso delante de él, y dijo: He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel. Te ruego que recibas algún presente de tu siervo. 16Mas él dijo: Vive Jehová, en cuya presencia estoy, que no lo aceptaré. Y le instaba que aceptara alguna cosa, pero él no quiso. 17Entonces Naamán dijo: Te ruego, pues, ¿de esta tierra no se dará a tu siervo la carga de un par de mulas? Porque de aquí en adelante tu siervo no sacrificará holocausto ni ofrecerá sacrificio a otros dioses, sino a Jehová. 18En esto perdone Jehová a tu siervo: que cuando mi señor el rey entrare en el templo de Rimón para adorar en él, y se apoyare sobre mi brazo, si yo también me inclinare en el templo de Rimón; cuando haga tal, Jehová perdone en esto a tu siervo. 19Y él le dijo: Ve en paz. Se fue, pues, y caminó como media legua de tierra.

20Entonces Giezi, criado de Eliseo el varón de Dios, dijo entre sí: He aquí mi señor estorbó a este sirio Naamán, no tomando de su mano las cosas que había traído. Vive Jehová, que correré yo tras él y tomaré de él alguna cosa. 21Y siguió Giezi a Naamán; y cuando vio Naamán que venía corriendo tras él, se bajó del carro para recibirle, y dijo: ¿Va todo bien? 22Y él dijo: Bien. Mi señor me envía a decirte: He aquí vinieron a mí en esta hora del monte de Efraín dos jóvenes de los hijos de los profetas; te ruego que les des un talento de plata, y dos vestidos nuevos. 23Dijo Naamán: Te ruego que tomes dos talentos. Y le insistió, y ató dos talentos de plata en dos bolsas, y dos vestidos nuevos, y lo puso todo a cuestas a dos de sus criados para que lo llevasen delante de él. 24Y así que llegó a un lugar secreto, él lo tomó de mano de ellos, y lo guardó en la casa; luego mandó a los hombres que se fuesen. 25Y él entró, y se puso delante de su señor. Y Eliseo le dijo: ¿De dónde vienes, Giezi? Y él dijo: Tu siervo no ha ido a ninguna parte. 26El entonces le dijo: ¿No estaba también allí mi corazón, cuando el hombre volvió de su carro a recibirte? ¿Es tiempo de tomar plata, y de tomar vestidos, olivares, viñas, ovejas, bueyes, siervos y siervas? 27Por tanto, la lepra de Naamán se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre. Y salió de delante de él leproso, blanco como la nieve. 2° Re. 5:1-27

 

Este relato se inscribe en el tiempo en que las tribus de Israel (las doce), se han dividido en dos reinos (el del Norte y el del Sur). Esta historia corresponde al reino del Norte. En ambos reinos había profetas de Dios que hablaban a los reyes y al pueblo. Este es el tiempo que, aparte de los profetas y los reyes, existía la figura del varón de Dios, un título que ocuparon Elías (que ya había pasado) y Eliseo (que estaba vigente). El varón de Dios también profetizaba (predecía), predicaba y hacía curaciones milagrosas y maravillosas.

 

Naamán es un personaje histórico (como afirma Imanuel Velikosky en su libro “Siglos Caóticos”), aparece registrado en la correspondencia de este tiempo (859 a. C.), en las cartas de Amarna. El rey de Siria era Ben-adad (2° Re. 6:24). Naamán, por su destreza en la batalla, había influido en la liberación de Siria. Era muy valeroso, pero leproso. La lepra es una enfermedad infecciosa crónica, caracterizada por síntomas cutáneos y nerviosos en forma de tubérculos, manchas y úlceras. El libro de Levítico en sus capítulos 13 y 14 describe con detalle la lepra. Tener lepra sin cura significaba la muerte y la expulsión de la sociedad y el seno familiar.

 

En una de las incursiones de sirios sobre Israel, entre muchos prisioneros, se habían llevado a una muchacha israelita que acabó siendo sirvienta en la casa del general Naamán. Este hecho es muy revelador, ya que, normalmente (en la historia de ayer y hoy), los sirvientes son de naciones que están bajo yugo de naciones poderosas. La muchacha israelita sabía del varón de Dios y lo que éste hacia; se ve que ella es estimada en aquella casa, porque puede expresar su opinión, ¡Qué importante es tomar en cuenta una buena opinión! La opinión de ella incluye que Naamán deba rogar (humillarse) ante Eliseo; se lo pide a uno que no lo acostumbra y hay trascendencia en este hecho.

 

Tal vez por la necesidad que padece, Naamán toma en cuenta la opinión de ella y se lo comenta al rey Ben–adad. El rey de Siria enviará cartas al rey de Israel, que es Joram, hijo de Acab y Jezabel (1:17, 3:1), para que le reciba. Naamán se prepara a partir (lleva consigo mucho dinero y vestidos para pagar el favor).

Pero por alguna razón, en las cartas es solicitado al rey de Israel que sane a Naamán, no se menciona a Eliseo (el rey de Israel mantenía cierta rebeldía impotente hacia el rey de Siria; no se llevaban bien). En cuanto Joram lee las cartas, ve el asunto como una provocación y ocasión para aniquilarlo si no cumple. Eliseo por su parte, no tenía en estima a su rey ni le respetaba (véase 2° Re. 3:13-14, relacionado con la rebelión del rey Mesa), mostrando así que no tenemos por qué estar de acuerdo con nuestros gobernantes cuando cometen injusticias. Pero Eliseo se entera de que la solicitud la han hecho al rey y les dice que acudan a él, para que sepan que hay profeta de Dios.

 

Así, Naamán y su comitiva llegan a la casa de Eliseo, para que éste salga, con el propósito de que le sane. Pero Eliseo le envía un mensajero que le dice se lave siete veces en el Jordán para ser sanado. Naamán se retira enojado; primero, porque no se molestó en salir (despreció su investidura), luego, porque no le dice ni hace como él se imaginó, además, porque lo manda lavarse en un río que él considera insignificante. Pero muchas veces, la sabiduría y las buenas opiniones, fluyen de los que son más sencillos. Los sirvientes que acompañan a Naamán le hacen reflexionar en que, si de por sí debemos obedecer a Dios en todo, ¿cuánto más si en esa obediencia está aquello que esperamos? El general reflexiona (ahora escucha a otros criados); él obedece y el resultado es perfecto, queda sanado, la lepra (con todas sus llagas o úlceras), desaparece y vuelve a tener la piel como de niño (mucho mejor de antes que enfermara).

 

Naamán regresa a casa de Eliseo y se presenta delante de él; reconoce que el Dios verdadero es el de Israel y ofrece presentes (lo que llevaba; plata, oro y vestidos). Eliseo no es un hombre interesado, como ninguno que sirve al Señor lo debe ser; que no debe esperar regalos, dinero o reconocimiento alguno. Como contraparte, el general sí solicita que se le regale una carga de leña para ofrecer holocausto a Dios, a quien piensa adorar en adelante. Sólo pide una concesión (que no es válida); inclinarse ante el dios Rimón por respeto al rey que cree en éste. Cuando alguno se convierte a Cristo Jesús, no debe dar ni pedir concesiones. Eliseo le dice “ve en paz”; lo demás es asunto personal.

 

Se retiró Naamán (inició su camino de regreso). El criado de Naamán (Giezi), piensa que Eliseo desaprovechó la oportunidad de hacerse de algunos objetos valiosos y dinero (realmente no vivían cómodamente) y decide tomar algo para sí. Giezi corre tras Naamán; lo alcanza y le dice una mentira sobre una necesidad apremiante. Naamán le cree y le entrega lo solicitado (dos mil monedas de plata y otros vestidos). Una mentira lleva a otra y consiste en que el criado procuró que el varón de Dios no se diera cuenta. Cuando regresa con Eliseo dice una tercera mentira (que no ha salido de la casa). Al siervo (en su ambición), se le olvida que en el varón de Dios descansan dones y virtudes superiores a las de cualquier otro, pero su humildad le hace sentir que debe estar como los demás, en escasez, pues era tiempo de hambre (2ª. Re. 4:1-7); el varón de Dios quería vivir como la mayoría; es pecado hacer ostentación en medio de los necesitados. Dios dispensaba las decisiones de Eliseo y éste decide que la lepra se transfiera a su criado y así ocurrió.

 

· Pongamos atención a todas las opiniones, pero por nuestra cuenta, no opinemos de todo.

· Cuando pidamos algo a Dios, debemos humillarnos delante de Él necesariamente.

· Cuando entendamos lo que Dios nos manda hacer, hagámoslo sin pretextos; allí esta la bendición.

· Demos siempre la gloria a Dios por todas las cosas y la salud que obtengamos.

· Sirvamos a Dios sin esperar una paga o reconocimiento.

· No mintamos de ninguna manera, ni abierta ni veladamente; las mentiras son el consejo del diablo.

La salud y la salvación vienen de Dios.