La casa edificada por Dios

30 de mayo de 2010

 

Todas las casas están expuestas a vendavales, tormentas y sismos, pero la que está edificada por Dios permanece en pie.

 

 

1Si Jehová no edificare la casa,

En vano trabajan los que la edifican;

Si Jehová no guardare la ciudad,

En vano vela la guardia.

2 Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar,

Y que comáis pan de dolores;

Pues que a su amado dará Dios el sueño.

3 He aquí, herencia de Jehová son los hijos;

Cosa de estima el fruto del vientre.

4 Como saetas en mano del valiente,

Así son los hijos habidos en la juventud.

5 Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos;

No será avergonzado

Cuando hablare con los enemigos en la puerta. Salmo 127

 

1 Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová,

Que anda en sus caminos.

Cuando comieres el trabajo de tus manos,

Bienaventurado serás, y te irá bien.

3 Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa;

Tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa.

4 He aquí que así será bendecido el hombre

Que teme a Jehová.

5 Bendígate Jehová desde Sion,

Y veas el bien de Jerusalén todos los días de tu vida,

6 Y veas a los hijos de tus hijos.

Paz sea sobre Israel. Salmo 128

 

Como cristianos, nuestras acciones se pueden comparar a las que se pueden emprender para una casa. Nuestras acciones individuales inciden en nuestra familia y en los que nos rodean y todas deben ser ascendentes; con ellas podemos construir o edificar, remodelar, reparar, restaurar o ampliar.

 

En el Sal. 127, la palabra casa se asimila con las palabras familia y hogar. Hay muchas cosas que podemos hacer para el bienestar de nuestra familia, de tal manera que ésta tenga mayor seguridad, alegría y tranquilidad, lo cual producirá admiración de otras personas o familias, mas ninguna de esas cosas nos traerá la vida eterna y todo eso se puede disipar si no está movido por el temor a Dios.

 

Entonces, debemos procurar primero que nuestra familia conozca a Dios y que todo lo que hagamos para la misma sea lo que Dios quiere. Que el arquitecto de nuestra casa sea Dios. Procuremos que en la casa todos crean en Él y por lo tanto, todos lean la Biblia y oren, asistan al templo, pero ninguno por la fuerza. El que orienta así a su familia no trabaja en vano. Demos lugar a la soberanía de Dios en la edificación de nuestra casa (familia); para esto será necesario que la pongamos en sus manos.

 

No quiere decir que el esfuerzo humano para el bienestar de la familia no sea bueno, sino que todo esfuerzo debe estar apoyado en Dios. Así nuestra familia estará segura. Claro que es bueno que pidamos a Dios que ilumine a los policías que cuidan nuestra ciudad, pero todavía es mejor poner la seguridad de la ciudad en las manos de Dios. Demos lugar a la soberanía de Dios en la protección de la casa y de la ciudad.

 

Una de las primeras cosas que producen tranquilidad en casa, es que haya siempre pan; el “pan de dolores” de 127:2 se refiere al que se gana con “mucho afán” (no confundir con “mucho trabajo”). Los cristianos debemos ser conocidos como los mejores patrones, trabajadores y empleados, pero no debe haber afán en ello.

 

Nuestros hijos vienen directamente de Dios (Sal. 139:13), siempre son una bendición, más que una responsabilidad. La maternidad (Gn. 13:16 y 15:5) es tan grande maravilla, que aun las mujeres que sufren a su esposo, aman a los hijos de éste. Ni las mujeres son capaces de explicar con palabras la experiencia de dar a luz, pero lo explican en el amor que prodigan a sus hijos. Enseñemos a nuestros hijos a que den lugar en su vida a la soberanía de Dios.

 

Consecuencia de lo anterior, será que los hijos habidos en la juventud lleguen a representar una defensa para los padres, pues éstos alcanzan a verlos madurar y trabajar y que aquellos vean por ellos no solo en el aspecto económico. Demos siempre dar gracias a Dios por los jóvenes que ven por su familia; representan un sano orgullo para sus padres (Sal. 144:12).

 

Es altamente gratificante (Sal 128:2), saber que comemos con el producto de nuestro trabajo (una gran experiencia). Trae consecuencias reconfortantes (Ecl. 2:24, 3:10, 3:22, 5:18 y 8:15). El varón que cumple sus responsabilidades en Dios y así enseña a su familia, tendrá como consecuencia que su mujer cumplirá lo propio y será de gran bendición para toda la casa (la vid la representa en Ecl. 9:9). Los hijos son las plantas de olivo que a su vez son los renuevos del olivo (árbol) y llegarán a ser como éste (en fortaleza). Hagamos el esfuerzo que nos corresponde en al crianza de nuestros hijos y lo demás se lo dejamos a Dios. Esto ocurrirá con todo jefe de familia que ha puesto a Dios como el que edifica su casa. Recibirá bendición del cielo siempre que se apoye en Dios. Tendrá la dicha de ver a los hijos de sus hijos y el final de sus días será en paz.

 

Seamos observantes si la vida de nuestro hogar requiere de reparaciones, remodelaciones o ampliaciones y hagamos lo correspondiente en Dios, para que en su seno estemos siempre alegres y seguros. Todo esfuerzo que no se apoye en Dios resultará en vano. No trabajemos en vano. Que nuestra casa (toda) se apoye en Dios.

Sermones

La casa edificada por Dios

30 de mayo de 2010

 

Todas las casas están expuestas a vendavales, tormentas y sismos, pero la que está edificada por Dios permanece en pie.

 

 

1Si Jehová no edificare la casa,

En vano trabajan los que la edifican;

Si Jehová no guardare la ciudad,

En vano vela la guardia.

2 Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar,

Y que comáis pan de dolores;

Pues que a su amado dará Dios el sueño.

3 He aquí, herencia de Jehová son los hijos;

Cosa de estima el fruto del vientre.

4 Como saetas en mano del valiente,

Así son los hijos habidos en la juventud.

5 Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos;

No será avergonzado

Cuando hablare con los enemigos en la puerta. Salmo 127

 

1 Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová,

Que anda en sus caminos.

Cuando comieres el trabajo de tus manos,

Bienaventurado serás, y te irá bien.

3 Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa;

Tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa.

4 He aquí que así será bendecido el hombre

Que teme a Jehová.

5 Bendígate Jehová desde Sion,

Y veas el bien de Jerusalén todos los días de tu vida,

6 Y veas a los hijos de tus hijos.

Paz sea sobre Israel. Salmo 128

 

Como cristianos, nuestras acciones se pueden comparar a las que se pueden emprender para una casa. Nuestras acciones individuales inciden en nuestra familia y en los que nos rodean y todas deben ser ascendentes; con ellas podemos construir o edificar, remodelar, reparar, restaurar o ampliar.

 

En el Sal. 127, la palabra casa se asimila con las palabras familia y hogar. Hay muchas cosas que podemos hacer para el bienestar de nuestra familia, de tal manera que ésta tenga mayor seguridad, alegría y tranquilidad, lo cual producirá admiración de otras personas o familias, mas ninguna de esas cosas nos traerá la vida eterna y todo eso se puede disipar si no está movido por el temor a Dios.

 

Entonces, debemos procurar primero que nuestra familia conozca a Dios y que todo lo que hagamos para la misma sea lo que Dios quiere. Que el arquitecto de nuestra casa sea Dios. Procuremos que en la casa todos crean en Él y por lo tanto, todos lean la Biblia y oren, asistan al templo, pero ninguno por la fuerza. El que orienta así a su familia no trabaja en vano. Demos lugar a la soberanía de Dios en la edificación de nuestra casa (familia); para esto será necesario que la pongamos en sus manos.

 

No quiere decir que el esfuerzo humano para el bienestar de la familia no sea bueno, sino que todo esfuerzo debe estar apoyado en Dios. Así nuestra familia estará segura. Claro que es bueno que pidamos a Dios que ilumine a los policías que cuidan nuestra ciudad, pero todavía es mejor poner la seguridad de la ciudad en las manos de Dios. Demos lugar a la soberanía de Dios en la protección de la casa y de la ciudad.

 

Una de las primeras cosas que producen tranquilidad en casa, es que haya siempre pan; el “pan de dolores” de 127:2 se refiere al que se gana con “mucho afán” (no confundir con “mucho trabajo”). Los cristianos debemos ser conocidos como los mejores patrones, trabajadores y empleados, pero no debe haber afán en ello.

 

Nuestros hijos vienen directamente de Dios (Sal. 139:13), siempre son una bendición, más que una responsabilidad. La maternidad (Gn. 13:16 y 15:5) es tan grande maravilla, que aun las mujeres que sufren a su esposo, aman a los hijos de éste. Ni las mujeres son capaces de explicar con palabras la experiencia de dar a luz, pero lo explican en el amor que prodigan a sus hijos. Enseñemos a nuestros hijos a que den lugar en su vida a la soberanía de Dios.

 

Consecuencia de lo anterior, será que los hijos habidos en la juventud lleguen a representar una defensa para los padres, pues éstos alcanzan a verlos madurar y trabajar y que aquellos vean por ellos no solo en el aspecto económico. Demos siempre dar gracias a Dios por los jóvenes que ven por su familia; representan un sano orgullo para sus padres (Sal. 144:12).

 

Es altamente gratificante (Sal 128:2), saber que comemos con el producto de nuestro trabajo (una gran experiencia). Trae consecuencias reconfortantes (Ecl. 2:24, 3:10, 3:22, 5:18 y 8:15). El varón que cumple sus responsabilidades en Dios y así enseña a su familia, tendrá como consecuencia que su mujer cumplirá lo propio y será de gran bendición para toda la casa (la vid la representa en Ecl. 9:9). Los hijos son las plantas de olivo que a su vez son los renuevos del olivo (árbol) y llegarán a ser como éste (en fortaleza). Hagamos el esfuerzo que nos corresponde en al crianza de nuestros hijos y lo demás se lo dejamos a Dios. Esto ocurrirá con todo jefe de familia que ha puesto a Dios como el que edifica su casa. Recibirá bendición del cielo siempre que se apoye en Dios. Tendrá la dicha de ver a los hijos de sus hijos y el final de sus días será en paz.

 

Seamos observantes si la vida de nuestro hogar requiere de reparaciones, remodelaciones o ampliaciones y hagamos lo correspondiente en Dios, para que en su seno estemos siempre alegres y seguros. Todo esfuerzo que no se apoye en Dios resultará en vano. No trabajemos en vano. Que nuestra casa (toda) se apoye en Dios.