Jesús y el ayuno

Sermones

Jesús y el ayuno

6 de junio de 2010

 

Hay muchas cosas que podemos hacer para tener una mejor comunión con Dios, pero el común denominador de todas ellas es pensar menos en nosotros y más en Él.

 

 

16Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.

17Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro,

18para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Mat. 6:16-18

 

La predicación del evangelio es algo que se hace en público y también de uno a uno, pero no tiene carácter privado, pues es bueno que se enteren muchos de que hay salvación, pero la comunión que cada uno tenemos con Dios, al ser individual, conlleva algunas cosas que solo quedarán entre Dios y cada uno de nosotros.

 

Ayunar es abstenerse de tomar alimento ya sea porque se carece del mismo o por voluntad propia. La práctica del ayuno existe desde la más remota antigüedad  en casi todas las culturas. Hoy se usa con fines terapéuticos, pero también para meditación en algunas culturas o religiones y como forma de protesta pacífica para solicitar justicia o presionar con fines políticos para obtener algo importante. Es válido que los cristianos lo practiquen, pero es bueno saber a la luz de la palabra de Dios, cuál es la manera correcta y cuál la ocasión.

 

Hay formas en la práctica del ayuno que lo constituyen en una acción de riesgo; por lo pronto, para el cristianismo no debe ser una forma de flagelación o sacrificio. El bien más inmediato, importante e imprescindible para todo ser vivo, es el alimento. Dejar de alimentarse puede producir estragos en el organismo y por consecuencia en la fortaleza del cuerpo, pero también en la manera de ver las cosas (en la mente). La ventaja es que esos períodos de abstención pueden en ocasiones ser causantes de una mayor actividad del espíritu del hombre (de su inteligencia y reflexión). El ayuno confronta al hombre con la necesidad de saber soportar el hambre (una de las cosas más difíciles).

 

A diferencia del diezmo (que se menciona mucho en la Ley y casi nunca en el Nuevo Testamento), el ayuno, que nunca se menciona como ley, se menciona varias veces en el Nuevo Testamento. A pesar que no era parte de la Ley, los israelitas lo practicaban de diversas maneras y con varios propósitos (Dios lo aprobaba; Is. 58:5,6). El rey David ayunó para que el primer hijo que tuvo con Betsabé sanara, pero no fue así; el niño murió, David entendió entonces que el ayuno no cambia lo que Dios ha determinado y adoró a Dios (2ª. San, 12:15-23) y su comunión con Dios mejoró. Josafat (el rey), decretó ayuno al pueblo, antes de pelear contra Moab y Amón (2ª. Cró. 20:1-4), a los cuales venció. Esdras y Nehemías proclamaron ayuno para que pudiesen emprender las grandes tareas que Dios les había dado en la reconstrucción del templo y los muros de la ciudad. Por otra parte, el ayuno también se utilizó para agradar a los ídolos. La reina Jezabel proclamó ayuno antes de entablar un juicio falso para despojar a Nabot de su viña (1ª. Re. 21:8-15). Lo común que ocurrió en casi todos los ayunos del A. T. (excepto el de Jezabel), es que mejoró la comunión con Dios y pudieron comprender su propósito (ése era el verdadero significado); saber la voluntad de Dios, para seguirla, en lugar de hacer mi voluntad. Por las desviaciones en que habían incurrido en la práctica del ayuno los israelitas, Dios habló a través de su profeta Isaías, dándoles a recordar cuál es el verdadero ayuno (Is. 58:1-10).

 

En el caso del Nuevo Testamento, tenemos varios ejemplos; uno de ellos es el de Ana la Profetisa, que servía a Dios con oraciones y ayuno (Luc. 2:37). Aquí, en Mat. 6:16 la frase “Cuando ayunes”, dirigida por Jesús a sus discípulos, implica el aval y la necesidad de ayunar en el futuro, porque en ese tiempo ellos no ayunaban pero los discípulos de Juan sí y los fariseos (que ayunaban voluntariamente dos veces a la semana) Mr. 2:18-20. Cuando Jesús fue retirado de sus discípulos, entonces ayunaron (Hch. 13:2,3).

 

Así que, en este pasaje de Mateo, el Señor Jesús nos enseña que no está mal ayunar (y esto es también para nosotros hoy). Pero dijo que, cuando lo hagamos, no seamos austeros. Por una parte, austero quiere decir sobrio, sencillo, sin ninguna clase de alardes, pero también tiene otra definición muy diferente; quiere decir también agrio, astringente y áspero al gusto (y a esto se refería el Señor Jesús); un tipo de personas “pesadas” nada más de verlas, pues así son los hipócritas (refiriéndose el Señor sobre todo a los fariseos y a los que son como ellos).

Las personas que no eran muy perspicaces, veían en los fariseos ayunantes a hombres de Dios (sufrientes), y se compadecían de ellos (ésa era su paga); querían que todos se dieran cuenta que ayunaban pues hasta dejaban de arreglarse el rostro y ponían cara de sufrimiento. Hacían del ayuno un espectáculo.

 

Si alguno decide ayunar, que sea porque quiere estrechar su relación con Dios. El ayuno, para ser genuino, siempre va acompañado de la oración. Cuando así lo decidamos, se debe procurar que ninguno se dé cuenta, pues es algo íntimo e individual del ayunante con Dios. Que el que ayune ande alegre y limpio, teniendo buena relación con los demás.

 

Cuando el Señor Jesús ayunó cuarenta días, sufrió el debilitamiento de su cuerpo, pero sintió el fortalecimiento del Padre. Ayunar nada fácil es, pero en su ejercicio podemos aprender autodisciplina y nos permite apreciar lo que Dios hace y quiere, aunque no es la única forma de saberlo.Ayunar debe ser en secreto, en silencio, con sinceridad, alegría y en actitud de adoración a nuestro Dios. Usted decida cuándo lo hará.