Jesús enseña sobre el adulterio

Sermones

Jesús enseña sobre el adulterio

25 de abril 2010

 

El matrimonio fue instituido por Dios, es un contrato social, es un compromiso de valor, de responsabilidad y de gozo, por lo tanto, para preservarlo se requiere fidelidad a Dios y a la pareja, todo el perdón hacia ésta y toda la alegría para vivirlo.

 

 

27Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.

28Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.

29Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

30Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

31También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio.

32Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio. Mt. 5:27-32

 

Este mensaje inscrito en el Sermón del Monte, y dentro del marco del tema “Jesús y la Ley”, por lo tanto dentro de una comparación de ésta con el evangelio, y una comparación de lo que fue, con lo que es para siempre.

 

“No cometerás adulterio” es el séptimo mandamiento (Ex. 20:14); es contundente, como los otros mandamientos. El adulterio es el ayuntamiento carnal voluntario entre persona casada y otra de distinto sexo, que no sea su cónyuge. Por otra parte, el adulterio implica las palabras falsificación y fraude. Adulterar tiene semejanza con fornicar, que es tener ayuntamiento fuera del matrimonio.

 

En el Antiguo Testamento, la poligamia con mujeres de otras razas que los judíos consideraban inferiores y concubinas, no era considerada adulterio, el requisito que se imponían era que una mujer debía ser siempre la principal (Ex. 22:16), eso no quiere decir que Dios lo aprobara. El adulterio (con mujer casada), era castigado con pena de muerte (Lev. 20:10). Este criterio no lo aplicaron por igual los fariseos en el caso de la mujer adúltera (Jn. 8:3,4), ni tampoco se aplica hoy de forma igualitaria; la sociedad tiende a desprestigiar a la adúltera, pero en algunos casos a exaltar al adúltero.

 

Pero el Señor Jesús dice en el Evangelio, en el pasaje que estamos estudiando, en el versículo 28 (y esa es la ley para nosotros); que toda impureza sexual de pensamiento, palabra u obra es considerada adulterio. Así, el sepñor  Jesús asocia el séptimo mandamiento (“No cometerás adulterio”), con el décimo mandamiento; “No codiciarás” (Ex.20:17). De hecho, todos los mandamientos están asociados. La codicia se aloja en el corazón del varón (o mujer), cuando lo permite, como un consejo del enemigo de las almas (Mr. 7:21, Gá. 5:19, 2ª Pe. 2:14). Codiciar es desear intensamente y recrearse voluntariamente en pensamientos pecaminosos. La codicia se contrarresta o se combate con el dominio propio, que es fruto del Espíritu (2ª. Tim 1:7).

 

Codiciar no es a veces muy notorio, pero una mirada (que no es tan simple) ya implica haber adulterado, aunque, como no ha habido contacto carnal, es un pecado que está fuera del cuerpo (1ª. Co. 6:18). El adulterio (de la forma que fuere), implica infidelidad y ésta implica traición e idolatría. Adorar dioses falsos es infidelidad, idolatría y adulterio, pues no se está siendo fiel a Dios (Jer. 3:8-9, Ez. 23:37-47, Os. 2:2-13).

 

La relación de esposos debe ser semejante a la de la iglesia y Cristo Jesús; el que adultera, ofende a Dios, pareja, hijos e iglesia, independientemente de que la ley local lo castigue o no.

 

Lo que enseñan los versículos 29 y 30 es lo que realmente corresponde a todo aquel que cae en el pecado de codicia. Nos muestran el tamaño de la falta que cometemos. No quiere decir que por estar mutilados seremos mejores, sino que veamos la gravedad de nuestra falta.

 

Buena cantidad de divorcios están relacionados con el adulterio. Antiguamente era lícito repudiar a una mujer que se le encontraba algo indecente (como el adulterio u otras cosas, ver Dt. 24:1-4). En el evangelio es válido repudiar a la pareja (mujer u hombre), sólo en caso de adulterio (pero también se le debe perdonar y, si la falta es reversible, debe continuar el matrimonio). Por lo tanto, un cristiano no repudia (excepto en casos de adulterio cuando no hay remedio), pues el repudiado adultera (o sigue adulterando).

 

Si no hay de por medio adulterio, un cristiano o cristiana, no debe repudiar (o correr de la casa a su pareja), con el propósito del divorcio; no promoverá el divorcio; solo se divorciará cuando lo promueva el incrédulo, por sus propias concupiscencias. Los cristianos no se divorcian, porque están capacitados para perdonar todo. El que promueve el divorcio es el que no perdona. Acerca del divorcio entonces, si el incrédulo insiste en separarse, será necesario dejarlo ir, para no someter más tiempo al cristiano a sufrir vejaciones, golpes, infidelidades, maledicencias, etc. (1ª Co. 7:15, pero es mejor leer todo el contexto; 1ª Co. 7:1-17).

 

De esta lectura clarificadora y al mismo tiempo confusa para algunos, aprendemos lo que Dios quiere que aprendamos: Valorar el matrimonio, la fidelidad y el amor y dar el lugar correspondiente al divorcio cuando es inevitable, al quedarse sin volverse a casar o el no juzgar al que se vuelve a casar y sobre todo, a la paz que Dios quiere que vivamos, la cual obtenemos si permanecemos en obediencia a Él, sabiendo siempre perdonar al que nos ofende y conduciéndonos con toda responsabilidad sobre nuestro testimonio, nuestra pareja e hijos.

 

Que sigamos y sirvamos al Señor Jesús en la forma como él nos encontró en cuanto al matrimonio. Que no juzguemos a los que se divorciaron, pero que no promovamos el divorcio ni el hecho de que se vuelvan a casar.

Que no juzguemos a los que no se han casado o no desean hacerlo. Que seamos siempre fieles a Dios y así seremos fieles a quien nos corresponde.