Honra a tus padres

Sermones

20 de marzo de 2011

 

La desobediencia es seguramente muy atractiva, mientras a veces la obediencia se sufre, pero es necesario recordar y experimentar que obedecer trae solamente beneficios, mientras que la desobediencia trae siempre dificultades.

 

 

1  Hijos,  obedeced en el Señor a vuestros padres,  porque esto es justo.

2 Honra a tu padre y a tu madre,  que es el primer mandamiento con promesa;

3  para que te vaya bien,  y seas de larga vida sobre la tierra.

4  Y vosotros,  padres,  no provoquéis a ira a vuestros hijos,  sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor. Ef. 6:1-4

 

Este pasaje está inscrito en el contexto del sometimiento, un tema muy necesario que se aborda desde Ef. 5:21. Si hay sometimiento, quiere decir que hay obediencia y, si hay obediencia, hay orden. Por otra parte, si no hay sometimiento, no hay obediencia y en lugar de orden hay amargura. En todo hogar debe haber orden y cada miembro de la familia debe participar para preservarlo. Por las características, los dones y virtudes con que contamos los humanos es entendible que a la mayoría nos cueste trabajo someternos unos a otros, pero no es deseable y no se justifica en cualquiera que se conozca como hijo de Dios, que ande en rebeldía. Asimismo, en Ef. 5:22 se habla del sometimiento mutuo en el matrimonio. Claro es que hay sometimientos no agradables delante de Dios que se dan a veces a personas o instituciones que no corresponden, de ésos no hablamos hoy, sino de los que están dentro de la voluntad de Dios.

 

La clave para todo sometimiento que corresponda, es someterse en el temor de Dios, o sea, conforme a su voluntad, con el entendimiento que su Espíritu Santo nos da como cristianos y por amor a Dios y a nuestro prójimo. Al haber entendimiento, el sometimiento no será irracional; por ejemplo, el cristiano entenderá que no debe someterse a líderes engañadores que solo buscan ejercer dominio sobre otros para esquilmarlos. El sometimiento que Dios nos pide a todos incluye acatar instrucciones u opiniones aunque sean diferentes a las nuestras, pero que estén conforme a lo que Él quiere.

 

El máximo ejemplo lo tenemos en el hecho de que la iglesia se someta a Cristo Jesús que es su jefe, pero al mismo tiempo Él se entregó a sí mismo por ella (5:25) y la sustenta (5:29).

 

En Ef. 6:1, el apóstol Pablo se dirige paternalmente a los hijos de los hermanos de la iglesia de Éfeso, diciéndoles Hijos, para instarles en el sometimiento a sus padres. De por sí hay personas que, sin conocer de Dios obedecen a sus padres y algunos lo hacen gustosamente (esto es bueno), ¿cuánto más se requiere de los hijos cristianos? Ellos deben obedecer “en el Señor”, que es un grado superior, pues lo harán con alegría, humildad y amor; con ánimo pronto y sin interés, pues saben que Dios se los exige. Puede ser que haya algún hijo o hija que tenga dificultad para entender que debe obedecer a sus padres, cuando tal sea el caso, recuerde lo que dice el final del versículo 1: “esto es justo”, que quiere  decir que esto es lo que Dios manda y que es perfecto e  inobjetable, pues es su designio. Si algún hijo o hija no lo entiende por el momento, no se preocupe; solo obedezca y estará bien para Dios.

 

Todos los hijos de familia (desde los más chicos hasta los más grandes que no se han casado), deben obedecer a sus padres en todo, excepto en cosas irracionales que por enfermedad se dicen o las que se dicen por fobias; como odios o algo sucio que sea solicitado. Los hijos casados deben escuchar exhortaciones de sus padres para no desviarse del camino del Señor.

 

A frase “Honra a tu padre y a tu madre”, hace referencia al quinto mandamiento (Ex. 20:42), que nos enseña que esto es una de las cosas más importantes para Dios, pues el que no pueda honrar a sus padres, ¿cómo honrará a Dios? Dios no recibe esa honra. Esto es de vital importancia, por eso el mandamiento dice que los que honren a sus padres serán de larga vida. La obediencia de la que se ha hablado está inscrita en la honra a los padres; honrarlos es, entre otras cosas, obedecerlos. Pero honrarlos también incluye escucharlos (poner atención a sus opiniones e instrucciones), respetarlos, celebrarlos, cuidarlos, defenderlos, proveerles e imitarles en lo bueno. Se debe respetar a los padres, sean jóvenes o ancianos; no ridiculizarlos por su manera de hablar, de opinar, de vestir o de comer. Se les debe celebrar por lo que son, independientemente de que tengan muchas o pocas virtudes y de que se hayan equivocado o no en la educación de sus hijos. Los hijos deben cuidar a sus padres jóvenes o ancianos en su integridad física y salud.

 

Algunos tienen padres que todavía se valen por sí mismos, pero deben prepararse para el momento cuando les deban ayudar a levantarse, a caminar, a cambiarse, a comer y a bañarse. Habrá tal vez algún hijo que proyecte tener dinero para poner a sus padres una enfermera de tiempo completo; no quiere decir que eso sea malo, pero debe procurar siempre hacerse presente y ayudar con sus manos. Incluso en ocasiones hay quienes, ante la inasistencia ante sus padres para ayudarles, argumentan: “es que yo trabajo”  o “es que me deprimo” o “me canso” o simplemente “no me gusta”. Que ningún cristiano actúe de esta manera. Gracias a Dios por los que ya hacen esto: cuidan a sus padres ancianos en obediencia a Él.

 

 

Llega un momento en que los hijos se deben preparar para proveer a sus padres y aportar al gasto familiar.

Demos gracias a Dios por los jóvenes que ya hacen esto.

 

También dentro de la honra a sus padres, los hijos deben reflexionar para no repetir los errores de sus padres pero sí imitar las cosas buenas de ellos. Los hijos deben defender con inteligencia a sus padres, aunque otros les endilguen muchos defectos. Los hijos cristianos tienen capacidad de superar complejos, vicios y prejuicios que consideran heredados.

 

Para que nuestros hijos cumplan la honra debida a sus padres con mayor facilidad y amor, Dios nos exige que no los exasperemos con nuestra falta de sabiduría; en lugar de esto, echemos mano de disciplina, la cual va encaminada a preservar el orden, también utilicemos la amonestación del Señor, la cual implica hablar con ellos conforme a lo que pide Dios a sus hijos, con amor y sana preocupación, pero no usando versículos o pasajes bíblicos para golpear o impactar. Que los padres no ofendan a sus hijos con ánimo de venganza por su desobediencia, pues no se justifica. Si nos falta paciencia y sabiduría, pidámosla a Dios.

 

Los hijos que honran a sus padres, aspiran a que en el futuro, sus propios hijos hagan lo mismo con ellos; sometámonos unos a otros como Dios nos lo pide.