Gratitud por los dones

Sermones

Gratitud por los dones

24 de octubre de 2010

 

Una iglesia es adornada por dones que Dios ha distribuido en todos los hermanos; se requiere que cada congregante se mantenga fiel en el ejercicio de los dones, para la gloria de Dios.

 

 

4Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús;

5porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en toda ciencia;

6así como el testimonio acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros,

7de tal manera que nada os falta en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo;

8el cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo.

9Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor. 1ª. Co. 1:4-9

 

En 1ª. Co. 1:1-3, vemos que a pesar de la mala fama de la iglesia de Corinto, Pablo sabía que Dios no la desechaba (y él tampoco). Le dirige esta carta, precisamente después de una anterior que no se conserva (5:9). La iglesia había contestado aquella carta (7:1) y eso dio pie para que Pablo escribiera ésta (que conocemos como “Primera”), probablemente desde Efeso, en el año 55 d.C., estando acompañado de un hermano de Corinto (Sóstenes; Hch. 18:17) y la envió a través  de Timoteo (1ª. Co. 16:10,11). En Corinto Dios tenía mucho pueblo (Hch. 18:9,10); la congregación era muy numerosa.

 

Del versículo 4, aprendemos de Pablo la importante costumbre de orar por todas las iglesias cuyo único Señor es Jesucristo, aunque algunas de ellas sean muy diferentes a la nuestra. De por sí no debemos desechar a los incrédulos; mucho menos a los que son salvos en Cristo Jesús. Se sabe que había muchos excesos en Corinto y por lo mismo, el apóstol procede a escribir esta carta para instruir y corregir desviaciones.

 

La iglesia de Corinto había sido enriquecida por Dios en toda palabra y ciencia. Una iglesia así es aquella a la que se ha entregado la palabra de Dios como es, aquella a la que se ha dado a conocer (por la iluminación del Espíritu Santo de Dios), lo que su palabra dice. Una  iglesia que escucha enseñanzas que ya no se dan en otras congregaciones; es en fin, una iglesia privilegiada. Una iglesia que ha recibido todo el consejo de Dios. Es de esperar que una iglesia así tenga los mejores resultados; se exigirá más de ella. El apóstol Pablo había constatado que todo lo relacionado al Señor Jesucristo había sido enseñado en Corinto, pues él mismo había predicado allí año y medio (Hch. 18:11); en aquella iglesia había varios hermanos bien capacitados. Era una iglesia bien enseñada.

 

Por si fuera poco lo anterior, todos los dones espirituales conocidos estaban en esa iglesia (sabiduría, ciencia, fe sanidades, milagros, profecía, discernimiento de espíritus, diversos géneros de lenguas e interpretación de lenguas, como dice 1ª. Co. 12:8-10). Había sido habilitada y enriquecida esa iglesia de tal manera que, utilizando esos dones como Dios manda, solo les faltaba esperar fielmente la manifestación gloriosa del Señor Jesucristo en su segunda venida. Alguno que hoy viera una iglesia así, sería tentado a pensar que nada necesita.

 

El apóstol les recuerda que Dios es fiel, para que a ellos no se les olvide ser fieles. La fidelidad a Dios se traduciría en acciones concretas, pero esas acciones debían tener atrás un soporte espiritual; la comunión con Jesucristo. La comunión con Él significa la comunicación con Él, a través de la oración, la lectura de la palabra de Dios y la comunión con los santos.

 

Se podía tener la enseñanza correcta, tener toda ciencia y todos los dones, pero si no se conservaban fieles en su comunión con Dios, de nada serviría. Y eso es exactamente lo que pasó. Esa iglesia se desvió por un tiempo; los versículos capítulos siguientes así lo constatan, pues cometieron todo tipo de excesos. Había división (1ª. Co. 1:10-17), inmoralidad (5:1-13), pleitos (6:1-11), adulterios (6:12-20), problemas matrimoniales (7:1-40), idolatrías (8:1-13), etc. Y al ver caminando tan la mal a aquella iglesia, algunos podían pensar que Pablo no era tan buen predicador o de buen testimonio, pues él estuvo entre ellos, pero él no se desvió del camino, sino que aquella iglesia se envaneció. Esto sirva de aliento para algunos predicadores de buen testimonio que se han esforzado en predicar fielmente la palabra y a pesar de ello han visto a algunos de su iglesia transitar como si nunca hubiesen sido enseñados, cuando esto ocurre sufren en su interior, pero la salvación y la fidelidad son individuales. Cuando se predica fielmente se deposita en los oyentes responsabilidad delante de Dios.

 

Si en nuestra iglesia local, Dios ha traído y puesto a hermanas y hermanos capaces y capacitados, entonces nada le falta; pues según Rom. 12:6-8, algunos tienen el don de profecía (o sea de la predicación), otros el don de servicio, otros, de la enseñanza, otros el de exhortación, otros, el de repartición, otros, el de presidir y otros el de misericordia. Pero, en tal caso, no debemos envanecernos, porque puede ocurrir que al compararla con otras, ésta se vea como una iglesia grande. Que no ocurra lo que ocurrió en Corinto, ¡cuánto podemos aprender de ellos! Conservemos siempre la humildad y la prudencia, para servir mejor a nuestro Dios y a su pueblo.

 

Si conocemos alguna iglesia que sea como la de Corinto, no la juzguemos, son nuestros hermanos mientras crean en Jesucristo como su Señor. Procuremos aprender más de Jesús y estemos atentos a su regreso. Cuando el Señor venga en las nubes, nos concentraremos en ello y no habrá tiempo de pensar en otra cosa ni algo que nos pueda llamar más la atención. Mientras tanto, seamos fieles a Dios; Él es fiel. Permanezcamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo a través de su Santo Espíritu.

 

Todas las iglesias necesitan obreros para la causa del Señor, que estén dispuestos a servirle con sus dones; cristianos que permanezcan en comunión con Él y que por lo mismo, caminen con humildad, que adoren, que oren, que alaben a Dios, que se amen y ayuden unos a otros. Dios espera de nuestra iglesia, lo que se puede esperar de una iglesia adornada con enseñanza y dones.