Fe en el poder de Jesús

Sermones

Fe en el poder de Jesús

14 de febrero de 2010

 

Por cuanto por medio de la fe hemos creído en Cristo Jesús, somos hechos justos, andemos de acuerdo a ello, dando testimonio de nuestro Salvador a los que conviven con nosotros, mostrando que el poder de Dios está con nosotros.

 

1Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente.

2Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.

3Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.

4Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que         ordenó Moisés, para testimonio a ellos. Mat. 8:1-4.

 

Para el momento en que lo que aquí leemos ocurre, el Señor Jesús ha dada la última lección del “Sermón del Monte” (Mt. 7:24-27), en la cual hace referencia a las consecuencias de ser prudente y de ser insensato, mostrando que la clave es oír la palabra de Dios y actuar conforme a ella para ser considerado prudente delante de Él (parábola del hombre que fundó su casa sobre la roca). El que vive la palabra de Dios, no lo logra solo porque se lo propuso (o porque tiene fuerza de voluntad), sino porque es una persona de fe que echa mano del poder de Jesús.

 

Mat. 8:1 Al descender Jesús del monte, de una jornada agotadora físicamente, también la gente que le escuchaba descendió y le seguían, pues estaban maravillados de sus palabras (Mt. 7:28, 29). En los siguientes versículos vemos un milagro en gran manera ilustrativo para nosotros. Vino a Él un hombre que tenía lepra, una enfermedad que para los judíos era símbolo de pecado, la misma se describe con detalle en levítico, Cap. 13.

 

Había lepra benigna (curable) y maligna (incurable y contagiosa). La maligna era, por lo mismo, degenerativa; hacia que la gente que la poseía fuera rechazada por el probable contagio y por lo repugnante de su aspecto, pues la piel contaminada se hacia blanca, se llenaba de pus y se desprendía (se les podía a estos enfermos caer la nariz, las orejas o los dedos). Tenían la prohibición de tocar a otras personas y de ser tocados, pues, conforme a la Ley, eran considerados inmundos. En las primeras etapas de la enfermedad, mientras se cercioraba el sacerdote si era curable o no, los leprosos eran confinados en lugares especiales para ello, pero cuando se veía que no tenían remedio tenían que salir de las ciudades para buscar guaridas dónde habitar. Si alguna persona los encontraba en algún camino, ellos deberían gritar “¡inmundo, inmundo!” (Lev.13:45), o tocar alguna campana para que no se les acercaran.

 

Pero este leproso se postró delante de Jesús (tal vez a cierta distancia, por la observancia de la Ley). El hecho de postrarse (humillarse arrodillado), significa sumisión y reconocimiento de Jesús como Señor. Este hombre tenía una urgente necesidad de salud. Esta persona, a la que la gente no deseaba tocar ni aun ver dio una lección a la multitud de testigos que había, diciendo “Señor” a Jesús, siendo que hasta la fecha, la gran mayoría de las personas no tienen a Jesús como su Señor  y por lo mismo no son capaces de arrodillarse delante de Él (la lección es también para nosotros). El reconocimiento de que Jesús es Señor, no solo indica que está por encima de todo y de todos, sino que tiene todo el poder.

 

La segunda gran enseñanza de este leproso para aquellas personas y para nosotros, es cuando dice a Jesús  “si quieres, puedes limpiarme”, sabe que Jesús lo puede hacer, pero le dice “si quieres”, mostrando con ello que, no obstante su urgente necesidad y de que frente a él está el que le puede sanar, se somete primero a su voluntad. Este hombre tiene un gran anhelo de ser sanado, de ser aceptado por la gente, de poder tal vez ir a comprar o vender algo sin que le rehuyan o lo apedreen; quiere tal vez regresar con su familia, tiene deseos de poder abrazar a alguno y ser abrazado, pero todo esto lo somete a consideración de Jesús: “si quieres, puedes limpiarme”, diciendo esto, está mostrando su comprensión de que, si el Señor no quiere, también él estará conforme. Tiene más fe el que espera en Dios, que aquel que dice “declaro que ya me sanó”. La fe se manifiesta en sometimiento a Dios.

 

Jesús se debió acercar al leproso, porque le tocó (contrario a la Ley de Moisés) y le dijo “Quiero, sé limpio”. A la sola palabra de Él, la lepra desapareció, o sea que la piel se regeneró, porque las llagas desaparecieron, la infección también; es decir, donde faltaba piel apareció, la que se había vuelto blanca volvió a su color y a su mejor textura (porque Dios todo lo hace perfecto). Habrá ocasiones en las cuales sea la voluntad de Dios que estemos enfermos y estaremos conformes. A Pablo Dios le dijo “bástate mi gracia” (2ª. Co. 12:9). ¿Quiénes de los que ahora se ostentan como sanadores pueden hacer este tipo de milagros?-Ninguno, sin embargo engañan a muchos.

 

El Señor Jesús pidió al hombre sanado que no lo mencionara a otros (para que se cumpliera Is. 42:1-3), para observar los tiempos que su Padre en su sola potestad le puso (Hch. 1:7). Solo envía Jesús a este hombre con el sacerdote, para que éste constate que ya es sano, para que presente las ofrendas correspondientes y se reintegre a la sociedad (Lev. 14:1-32). El anhelo de ese hombre se había cumplido.

 

Así también se ha cumplido en todo hombre que le ha pedido a Dios que le limpie de sus pecados, cuando el pecado ha hecho estragos en todo su ser y el hombre se encuentra maltrecho y aborrecido por muchos; Dios le ha regenerado en todo su ser y le ha constituido en un hombre nuevo semejante a Adán antes de desobedecer.

 

Busquemos de Dios primeramente la salud espiritual y dejemos en sus manos nuestra salud física la cual Él nos puede sanar, pero también nos puede responder: “Bástate mi gracia” y estemos gozosos de cualquier respuesta que nuestro Señor nos dé.