El culto a Dios

Sermones

El culto a Dios

3 de enero de 2010

La actitud que tenemos en el culto a Dios, refleja la actitud que tenemos hacia la vida y las bendiciones que Él nos da.

 

 

8Acuérdate del día de reposo para santificarlo.

9Seis días trabajarás, y harás toda tu obra;

10mas el séptimo día es reposo* para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas.

11Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó. Éx. 20:8-11

 

Aunque hay diversos cultos que la gente hace a ídolos muertos y vivos, el único culto que nos interesa a los cristianos es el dedicado a Dios. Empecemos bien el año, tributando a Dios el culto que solo Él merece, que sea lo primero que nos propongamos, pues es parte de la consagración que debemos tener (Hb. 10:25).

 

El culto es el reverente y amoroso homenaje que el hombre tributa a Dios y también se conoce con este término al conjunto de actos y ceremonias con que se le tributa homenaje. Por otra parte, la reverencia es el respeto y obediencia que tenemos hacia Dios. El primer antecedente que tenemos del culto del hombre a Dios, lo encontramos en Gn. 4:3 y 4, donde leemos acerca de las ofrendas ofrecidas a Dios por Caín y Abel; (después en Gn. 4:26, con los hijos de Seth). Luego en Ex. 20:8-11 (el cuarto mandamiento), encontramos la enseñanza de que, a semejanza de Dios, debemos usar seis días para trabajar y uno para dedicarlo a Dios (en ese día habrá culto), que, conforme al Nuevo Testamento, debe ser el primer día de la semana, pues en ese día resucito Jesús, que vino a hacer nuevas todas las cosas (Mr. 16:9, Hch. 20:7, 1ª. Co. 16:2). Las siguientes palabras de la Biblia reflejan cuál debe ser nuestra actitud en el culto a nuestro Dios:

 

1Venid, aclamemos alegremente a Jehová; Cantemos con júbilo a la roca de nuestra salvación.

2Lleguemos ante su presencia con alabanza; Aclamémosle con cánticos.

3Porque Jehová es Dios grande, y Rey grande sobre todos los dioses.

4Porque en su mano están las profundidades de la tierra, Y las alturas de los montes son suyas.

5Suyo también el mar, pues él lo hizo; Y sus manos formaron la tierra seca.

6Venid, adoremos y postrémonos; Arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor.

7Porque él es nuestro Dios; Nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. Si oyereis hoy su voz,

Salmo 95:1-7

 

 “Venid” es el llamado solo para los hijos de Dios. El que cree en Dios no puede dejar de lado este llamado. El “venid” es siempre, porque Dios siempre esta con nosotros. Aclamar es exaltar, es dar voces de alabanza a Dios. La actitud correcta es alegremente. El cantar a Dios es parte de la alabanza que se le debe dar en el culto a Él. Cantar con júbilo es mostrar la alegría con signos exteriores (porque Él nos salvó).

 

Los hijos de Dios deben cantarle sin olvidar que están delante de Él, alabándole siempre. La alabanza es la acción de glorificar a Dios, de ensalzarlo y bendecirlo especialmente con himnos y cánticos (2°. Cró. 7:6, Sal. 28:7, 40:3). La iglesia de Cristo debe entonar cantos, pero solo los que sean exclusivos para Él desde su origen tanto en la música como en la letra. La iglesia debe ser muy cuidadosa de este aspecto. El celo hacia Dios nos debe inundar.

 

Dios es el autor de todas las cosas buenas, grandes y majestuosas; esto nos impulsa a entregarle toda adoración exclusiva para su gloria. La adoración a Dios es la honra que se le rinde en razón de lo que Él es en sí mismo y de lo que Él es para aquellos que se la tributan. Es el mensaje tributado por el amor. Hay un orden prescrito para la adoración a Dios. Hay un lugar señalado específico para la adoración a Dios (el templo), pero no un solo lugar (Jn. 4:20, 21).

 

Bajo el Antiguo Testamento, los adoradores no podían entrar en el santuario, sólo al patio exterior. El sumo sacerdote entraba una vez al año y con sangre; atravesaba el velo. Hoy, todo ha cambiado, la redención ha sido cumplida una sola vez y para siempre (Heb. 10:10-14); ahora el velo ha sido rasgado por Jesús de arriba abajo para que podamos entrar a adorar a la presencia de Dios (el lugar santísimo), porque Dios se ha revelado como nuestro Padre y el Espíritu Santo nos ha sido dado (Ro. 8:14-16).

Al respecto de la adoración neotestamentaria a Dios, vemos en Jn. 4:23, 24 el anuncio de Jesús cuando dice “La hora viene y ahora es”; cuando invita a que se le tribute una adoración espiritual y verdadera (no emocional o enajenada ni superficial), pues Dios es Espíritu. Los que son espirituales le dan adoración. Dios es el único que la merece. Cristo es la fuente de nuestra adoración; que todos honren al Hijo como revelador de la fuente del amor, Él nos conduce al conocimiento del amor del Padre. El Espíritu Santo nos conduce en la adoración.

Nota. La última frase del versículo 7 está ligada a la idea presentada en los versículos posteriores; cuando se hizo la división por versículos para fácil localización, se debió incluir  en el versículo 8.

 

Postrarse ante Dios es presentarse delante de Dios en actitud rendida y humillada. La actitud humilde nos impulsará a arrodillarnos delante de Dios (y de nadie más), pues es nuestro Hacedor. Es nuestro Dios (por eso le adoramos). Nosotros somos su pueblo (1ª. Pe. 2:10) y somos ovejas de su prado (Sal. 23:1, Jn. 10:11, 14:27-30).

 

Trabajemos seis días de la semana, pero en ninguno de ellos dejemos de adorar a Dios. Apartemos como mínimo un día (el domingo), para estar en el culto a Dios. Que nuestra estancia en el culto sea un reflejo de que nos estamos consagrando más a Él. Que acudamos al templo a alabar a Dios y a ninguna otra cosa. Que como iglesia, cuidemos que el culto sea dirigido por Dios (el Espíritu Santo), que sea preparado (con orden establecido) y tributado sólo a Él. Que haya reverencia en el culto. Que en el culto no estemos pensando en el tiempo ni en otras cosas. Debe quedar claro por su naturaleza, que el culto no para lucimiento de algún participante del mismo, que no es para pedir dinero, que no es para pagar a Dios favor alguno, que no es para que cada uno haga en este lo que le de la gana, sino que todos debemos estar atentos a una sola cosa y en un mismo sentir.

 

El culto a Dios (evidentemente), es mas importante que una fiesta de cumpleaños en domingo, que el hacer ejercicio físico, que ver la televisión, que la computadora, los video juegos, el celular, el descanso corporal, la plática de sobremesa, las visitas esperadas o inesperadas, la siesta, etc.

 

El culto a Dios disipa las tinieblas del paganismo y la idolatría. No dejemos de congregarnos (He. 10:25). Seamos fieles en el culto a Dios, aspiramos un día a adorarle en los cielos.