Compromiso de reconciliar con Dios

Sermones

2 de enero 2011

Si es de gran valor el hecho de que una persona intervenga para que dos que están enemistadas se reconcilien, cuánto mayor valor tendrá que alguna persona intervenga para que otra se reconcilie con Dios.

 

11  Conociendo,  pues,  el temor del Señor,  persuadimos a los hombres;  pero a Dios le es manifiesto lo que somos;  y espero que también lo sea a vuestras conciencias.

12  No nos recomendamos,  pues,  otra vez a vosotros,  sino os damos ocasión de gloriaros por nosotros,  para que tengáis con qué responder a los que se glorían en las apariencias y no en el corazón.

13  Porque si estamos locos,  es para Dios;  y si somos cuerdos,  es para vosotros.

14  Porque el amor de Cristo nos constriñe,  pensando esto:  que si uno murió por todos,  luego todos murieron;

15  y por todos murió,  para que los que viven,  ya no vivan para sí,  sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

16  De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne;  y aun si a Cristo conocimos según la carne,  ya no lo conocemos así.

17  De modo que si alguno está en Cristo,  nueva criatura es;  las cosas viejas pasaron;  he aquí todas son hechas nuevas.

18  Y todo esto proviene de Dios,  quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo,  y nos dio el ministerio de la reconciliación;

19  que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo,  no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados,  y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.

20  Así que,  somos embajadores en nombre de Cristo,  como si Dios rogase por medio de nosotros;  os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.

21  Al que no conoció pecado,  por nosotros lo hizo pecado,  para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. 2ª. Co 5:11-21 

 

Para los que hemos creído en el Señor Jesús está claro que, aunque estamos expuestos como cualquiera otro a situaciones difíciles, tenemos la esperanza de estar en el cielo donde tenemos reservada una habitación no hecha de manos (5:1) y anhelamos estar allí, pero no huimos de la realidad de hoy aquí (esta esperanza nos da aliento y confianza para enfrentar con gozo nuestras responsabilidades de hoy).

Y más que eso (aunque parezca difícil de decir), los que hemos creído anhelamos el día en que compareceremos ante el tribunal de Cristo, no porque nos sintamos merecedores, sino porque estamos seguros de nuestra salvación (de la eficacia del sacrificio de Jesús en la cruz).

Predicamos porque quisiéramos que más personas sintieran la misma seguridad; que todos los que han creído la tengan y también todos la misma intención de predicar.

El versículo 12 está escrito en plural, porque son Pablo y Timoteo quienes escriben (1:1), exhortan a los hermanos de Corinto pidiéndoles que estén contentos de ellos por lo que sienten y lo que hacen y así aprendan a  dar razón a otros que creen que en cuanto sufre algún cristiano es porque no tiene confianza en Dios o que se ha alejado de Él (pues tenían noticias de que Pablo y Timoteo sufrían por causa del evangelio). Es malo gloriarse en las apariencias, aun los antiguos judíos tenían extendido el concepto de un Dios retributivo; pensaban que si alguien sufría por algo, era porque espiritualmente andaba mal  (como aquel que dice “estoy bien porque me he portado bien”). Para no caer en esto debemos tener un corazón limpio y a nadie juzgar por la condición en que se encuentre.

Como el evangelio no va entonces de acuerdo a los pensamientos comunes, es locura para los que se pierden (1ª. Co. 1:18-21 y 2:14). Así que, a veces los que lo predican pueden ser considerados locos (fanáticos o devotos de la verdad), como lo ocurrido a Pablo y Timoteo (el caso de Pablo, en Hch. 26:22-25). Si ellos hubieran desistido en su empeño de presentar la verdad ante cualquiera, hubiera sido tenidos por “normales”, así nosotros, debemos estar preparados para no ser considerados cuerdos o “normales”. Pero Pablo y Timoteo fueron tenidos por locos, porque se sentían impelidos o responsables de continuar predicando de la única salvación que hay en Cristo Jesús Señor Nuestro. ¿Siente usted siente responsabilidad respecto de la predicación del evangelio?, ¿qué siente que tiene que hacer?

Nosotros, como aquellos enviados de Dios, de aquí en adelante, prediquemos al Cristo resucitado. Cuando creímos en Él, nos transformó; somos otros, debamos esforzarnos  por agradarle y el primer compromiso que tenemos con Él, es mostrando primeramente lo que somos, nuevas criaturas que han abandonado una vida sin Dios.

En el versículo 17, la palabra “si” es condicional, se puede nacer nuevamente sólo en Cristo Jesús (Jn. 3:3). Todo es nuevo para aquel que lo ha hecho su Señor y Salvador. Predicar es ser congruente con el nuevo nacimiento. Se reflejará que somos otros notoriamente en cosas y palabras sencillas y grandes:

El que ha creído tiene poder de Dios para abandonar cualquier vicio (pero a veces falta echar mano de ese poder); puede (si quiere), dejar de decir malas palabras (antes no podía), puede ser justo en sus tratos, puede convivir con los que no han creído sin hacer las mismas obras, puede deleitarse al acudir al templo para alabar a Dios junto a otros creyentes (apartando ese tiempo y no cambiándolo por otra actividad, al menos que sea un acto de justicia); tiene poder para hablar de la palabra de Dios (tiene poder para no avergonzarse si se le considera loco).

Ahora, el gran compromiso de predicar el evangelio (que cada uno tenemos), no puede ser bien cumplido si antes no opera en nosotros el primer compromiso de conducirnos como nuevas criaturas.

Nuestra gran responsabilidad tiene un título: “Embajador en nombre de Cristo”, porque procuramos que las personas se reconcilien con Dios, pues mientras no crean en Cristo Jesús permanecen enojados con Dios (aunque no lo consideren así). Este privilegio de llevar la palabra de reconciliación, de paz, de alegría, de gozo, de unidad, de amor y concordia al mundo, no fue entregada siquiera a los ángeles, sino a nosotros, los que hemos creído en el Dios Verdadero, porque así le plació a Él, aprovechemos ese aval hacia nosotros aplicándolo primero a nosotros mismos; con ninguna persona permanezcamos en pleito, amemos a todos y llevemos la reconciliación con Dios a los que Dios ponga junto a nosotros, primeramente los de nuestra casa y luego todos los otros que se encuentran perdidos en los más recónditos lugares del mundo.

Valoremos el sacrificio del Hijo unigénito de Dios por nosotros para justificarnos y hacernos aptos para divulgar su perfecta verdad (Ro. 5:1); asumamos nuestro compromiso.