Aspectos Éticos Esenciales

Sermones

28 de noviembre de 2010

 

La doctrina verdadera de los cristianos es de origen eminentemente espiritual y tiene efectos prácticos en la vida del creyente, de tal manera que muchas veces, en su buen testimonio, vemos su buena doctrina.

 

 

1 Permanezca el amor fraternal.

2 No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles.

3 Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos; y de los maltratados, como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo.

4 Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios.

5 Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré;

6de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre.

7 Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe.

8 Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.

9 No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas; porque buena cosa es afirmar el corazón con la gracia, no con viandas, que nunca aprovecharon a los que se han ocupado de ellas. Heb. 13:1-9

 

Habiendo abordado el autor de esta carta temas difíciles y profundos en cuanto a la doctrina, en este último capítulo da un gran peso a las consecuencias prácticas de la fe. Lo práctico y lo visible de nuestra fe se muestra en la ética cristiana, la cual nos ayuda a presentar correctamente el evangelio. Cuando hablamos de ética, nos referimos a lo que es recto, conforme a lo moral. En el presente pasaje, encontraremos ocho palabras clave de nuestra ética cristiana.

 

La primera es amor. En el versículo 1, se nos enseña que lo primero es amar a Dios (Dt. 6:5, Mt. 22:37). Esto se va a traducir en una buena conducta cristiana; será el amor la clave (lo más importante) y el amor a Dios tendrá como consecuencia amar al prójimo, pero tendrá en primer lugar, para su atención, a los hermanos en la fe, es decir, a los que hacen la voluntad de Dios. Se pide que permanezca, porque pudiera faltar. Si no hay amor fraternal, no tiene caso ver lo que dicen los siguientes versículos. El amor fraternal es una relación práctica y tangible (también productiva).

 

La segunda palabra es hospitalidad. En las iglesias del tiempo en que se escribió esta carta, era muy común que, después de la reunión de la iglesia, se tuviese que hospedar por varios días o por una noche a visitantes esperados e inesperados. En esta acción el amor se reflejaba hacia los extraños. En tiempo de persecución (como era éste), existía el riesgo de que algunos visitantes podían ser espías y/o informantes, pero eso no era impedimento para que el amor de Dios se viera en los cristianos. Ejemplos bíblicos de los que hospedaron ángeles: Abraham y Sara (Gén. 18:1-3), Lot (Gén. 19:1,2), Gedeón (Jue. 6:11-24) y Manoa (Jue. 13:6-20). Que hospitalidad que no sea una palabra antigua o en desuso, sino actual; debemos estar dispuestos a recibir a otros, aunque no tengan las mismas costumbres; pues algunos pudiera ser que no se cambien a menudo algunas prendas, o que no se bañen continuamente, que no se acomidan, que duerman mucho o no se duerman temprano, etc.; preparémonos para todo; para ser buenos anfitriones y buenos visitantes. Hospedemos también en nuestro corazón a todos nuestros hermanos en la fe.

 

La tercera palabra es solidaridad. Algunas iglesias tienen un ministerio entre los presos (y eso está muy bien), pero aquí se refiere a los presos por causa del evangelio, pues era tiempo de persecución, así como de personas maltratadas por la causa de Cristo Jesús. Por extensión de esa ética cristiana, nos debemos identificar siempre con los oprimidos de la sociedad y del estado (St. 5:1-6) y nunca con los abusivos ni los explotadores. Usemos nuestra conciencia cristiana y no nos dejemos llevar por los medios de comunicación masiva que presentan a los explotados y oprimidos como delincuentes y a sus opresores como benefactores (St. 2:5-7).

 

La cuarta palabra de ética cristiana es fidelidad, aplicada al matrimonio. Dios instituyó el matrimonio (Gén. 2:24), por lo tanto, quien habla de Dios debe estar bien en su matrimonio. La práctica sexual fuera del matrimonio ha sido un problema recurrente en toda la historia y en todos lugares y ha causado grandes problemas en todos los ámbitos. Algunos líderes de iglesias han fallado en esto. Mientras la actividad sexual en el matrimonio no solo no es mala, sino que es pura, fuera del mismo es motivo de juicio divino. El cristiano debe tener fidelidad a su pareja y, si no es casado, abstenerse de fornicación.

 

La quinta palabra asociada a la ética es contentamiento. En aquel tiempo, una manera de maltratar a los cristianos era despojándolos de sus bienes (práctica que siguió hasta la edad media, con la Inquisición impuesta por la Iglesia Católica como institución). Algunos cristianos fueron tentados a tener un poco más por si eran despojados, pero lo contrario a contentamiento es avaricia, la cual está relacionada con la ambición y el egoísmo. La sociedad de hoy enseña como positivo el ser ambicioso y, aunque se refiere a alcanzar pedestales de poder, éstos siempre se asocian con dinero y bienes. La ansiedad de tener más y más la tienen en mayor escala los que tienen mucho. Pero la Biblia dice que “raíz de todos los males es el amor al dinero” (1ª.Tim. 6:10). Tengamos confianza en que Dios nunca nos desampara.

 

La sexta palabra es acordarse, y se refiere a hacer memoria de las enseñanzas que Dios nos ha dado de su palabra, la cual recibimos en muchas ocasiones de los pastores que Él ha puesto en su iglesia. Que seamos cristianos que recuerdan la palabra y se deleitan en ella, la cual ha veces nos redarguye para recomponer aquello en lo cual hemos actuado mal.

 

La séptima palabra es testimonio. Cuando las personas oyen la palabra de Dios, en muchas ocasiones la asocian con el comportamiento de quien les habló. Debemos estar asociados a la palabra de Dios. Se quedan más en el corazón las palabras de aquellos en los cuales coinciden éstas con sus acciones. De alguna manera, el testimonio incluye a todas las anteriores.

 

La octava palabra clave en la ética cristiana, la más importante y con que se cierra, es Jesucristo, que es a quien nos ha salvado, a quien debemos imitar, que nunca cambia y nos conduce en esta vida y la por venir. Caminemos en el servicio de su obra con toda ética cristiana, es decir, con una buena conducta, para que el evangelio no sea denostado, pero nunca nos olvidemos del Señor de la obra, Jesucristo mismo, a quien pertenecen toda la honra y la gloria por los siglos de los siglos.

 

Si cumplimos con la ética esencial contemplada en el evangelio, no caeremos en doctrinas diversas y extrañas, algunas de las cuales están asociadas a cosas muy cotidianas y por eso sutiles, tales como lo que se come o se deja de comer; algunos todavía echan mano de las leyes de Antiguo Testamento relacionadas a la alimentación (las viandas), que eran muy rigurosas, pero recordemos que han sido abrogadas; lo que prevalece es la gracia de Dios. Otros, distanciándose de la enseñanza fundamental y por lo mismo dejando de lado la ética cristiana, buscan prosperidad económica, no espiritual, porque no se fundamentan en la perseverancia del evangelio de Jesucristo el único Señor y Salvador.