Agua de la peña

Sermones

Agua de la peña

19 de septiembre de 2010

Sabemos que los que no creen en Cristo Jesús, tienen enemistad permanente con Dios, pero aun los hijos de Dios a veces riñen con Él, cuando en su actitud muestran que no están de acuerdo con lo que Él hace; Es muy grave no estar dispuestos a someternos a su voluntad.

 

 

1Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades; y allí murió María, y allí fue sepultada.

2Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón.

3Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová!

4¿Por qué hiciste venir la congregación de Jehová a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestras bestias?

5¿Y por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar? No es lugar de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas; ni aun de agua para beber.

6Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros; y la gloria de Jehová apareció sobre ellos.

7Y habló Jehová a Moisés, diciendo:

8Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias.

9Entonces Moisés tomó la vara de delante de Jehová, como él le mandó.

10Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?

11Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias.

12Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado.

13Estas son las aguas de la rencilla, por las cuales contendieron los hijos de Israel con Jehová, y él se santificó en ellos. Nm. 20:1-13

 

Antes de abordar este pasaje, es muy importante dejar sentado que hay otro pasaje semejante en Éx. 17:1-7, pero que son ocasiones diferentes. En Éx. 17 no habían pasado dos meses de que el pueblo de Israel había salido de Egipto, en cambio, en Nm. 20 esta iniciando el año cuarenta en el desierto. En Éx. 17 estaban cerca del desierto de Sin en Refidim (al Sur de la península del Sinaí, en Horeb), en Nm. 20 están en el desierto de Zin (con “Z”), en Cades-barnea. En ambos casos, se da el mismo nombre a las aguas (Meriba o rencilla). En ambos casos el milagro ocurre a raíz de que el pueblo riñe con Dios, porque no hay agua para beber. Para que quede muy claro, es importante ver el resumen de las jornadas en el desierto (especialmente Nm. 33, vers. 11 y 36).

 

En el pasaje que estamos estudiando, era el mes primero del año cuarenta en el desierto. En Cades muere María, hermana de Moisés y es sepultada. Otra vez no había agua, la sed hizo que el pueblo se olvidara de muchas enseñanzas a lo largo de mucho tiempo y nuevamente se rebelan contra Moisés y Aarón. El pueblo (movido por algunos), recrimina a Moisés, comparando la vida en Egipto, con la vida en el desierto. Le arrojan a la cara varios “por qué’s”.

 

Está claro que lo que hablaban contra Moisés y Aarón era contra Dios, pues éstos hacían lo que Dios les decía. Algunos cristianos pecan en ocasiones, añorando la vida antigua, vieja, sin Cristo Jesús y las cosas en las cuales se regodeaban y menospreciando la vida nueva en Cristo Jesús (¡qué triste es este hecho!). Aquel pueblo argumentaba que en ese lugar no había terrenos sembrados (sementeras); ni siquiera se daban higos como en otros desiertos, ni viñas, ni granadas, pero lo más grave; no había agua (nos recuerda también el pasaje de Ex. 15:22-27 cuando las aguas amargas fueron hechas dulces).

 

Moisés y Aarón no respondieron a las incriminaciones, sino que clamaron a Dios y le pidieron que se manifestase nuevamente y Él así lo hizo (como siempre lo hace cuando sus hijos le clamamos). Aquel instrumento rudimentario que Moisés siempre cargaba (una vara), había sido utilizado con el poder de Dios para hacer grandes maravillas. El Señor le dice que tome la vara, pero no le pide que la utilice en esta ocasión, sino que Moisés debe “hablar a la peña”, teniendo como testigos a toda la congregación; así la peña dará agua y beberán todos ellos, incluidos los animales.

 

En el pasaje de Ex. 17:6, Dios dice a Moisés que golpee con su vara la peña de Horeb y él lo hizo así en esa ocasión. Pero aquí (muchos años después), le es dicho que hable a la peña. Efectivamente, Moisés tomó la vara, como Dios le había dicho; obedeció. Pero ya estando frente a la peña y la congregación (con Aarón), Moisés habló tal vez con coraje o con ira y se atribuyó así el poder de hacer brotar agua de la peña. Moisés no solo habló con altanería, sino que golpeó la peña con su vara y no una sino dos veces. En un momento de ira y fastidio que el pueblo rebelde le producía, actuó en desobediencia y en una actitud incorrecta hacia Dios. Sin embargo, nosotros nada somos para juzgar a Moisés, más bien debemos aprender a obedecer pacientemente y a nunca fastidiarnos del encargo que Dios nos dio. De todas formas, el agua brotó abundantemente; Dios la había hecho brotar de la peña (no Moisés). Todos saciaron su sed. Dicen los salmos 105:41 y 114:8 que las aguas corrieron como las de un río.

 

Pero salió muy cara una explosión de incredulidad hacia Dios (para un creyente como Moisés), es como un momento de credulidad en uno mismo; de hacer lo que uno quiere y no lo que Dios quiere. Por este hecho, ni Moisés ni Aarón pasaron con el pueblo a la tierra prometida. La muerte de Aarón se da poco después (Nm 20:24-28). La muerte de Moisés ocurrió conforme a lo dicho por Dios en Nm. 20:12, Nm. 27:12-14, Dt. 32:48-52 y Dt. 34:1-7. Dios había decidido dar al pueblo lo que pedía (agua), a pesar de su rebeldía y rencilla, pero el mismo Dios decidió no pasar por alto la actitud de incredulidad de Moisés y la de Aarón. Si alguno nos preguntara (nadie lo hará); ¿quién merecía pasar a la tierra prometida Moisés, Aarón o ambos?, seguramente la mayoría diría que Moisés era seguro. Pero Dios es soberano y perfecto, sus pensamientos no son como los nuestros (gracias a Dios).

 

Aquella roca o peña era una figura de Cristo Jesús, tanto en Horeb, como en Cades (1ª. Co. 10:4-6). Él fue golpeado por nuestros pecados (Jn. 18:23). Cristo Jesús es la fuente de agua de vida eterna (Jn. 4:14, Ap. 21:6).

 

Aun en la situación más difícil, debemos seguir las enseñanzas de Jesús, sin omitir alguna de ellas. Obedezcamos a Dios con alegría, creyendo. No añoremos la vida de pecado. Caminemos con entusiasmo hacia el encuentro con nuestro Dios en la tierra prometida para nosotros, que es el cielo, donde también se encuentran aquellos grandes hombres de Dios, como Moisés y Aarón.

 

 

 

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