La salvación anunciada se cumple

Sermones

12 de diciembre de 2010

 

El que profetiza hoy, no es el que predice, sino es el que habla a nombre de otro; profetizar es predicar. Cuando predicamos, hablamos a nombre de Dios, por eso debemos tener cuidado con lo que decimos.

 

 

10Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación,

11escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos.

12A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles. 1ª. Pe. 1:10-12

 

Todo hombre llega un día a la comprensión de su condición pecaminosa y de que su vida es temporal, algunos que continúan esta reflexión, llegan al conocimiento y al convencimiento de que hay un solo Dios verdadero del que tienen necesidad que quite su pecado y su temporalidad (llegan a esta conclusión impulsados por el Espíritu de Dios). Pero llegar a saber que hay un solo Dios no es suficiente para ser limpio de pecado y alcanzar la vida eterna; el hombre debe aceptar ser transformado por el mismo Dios de la manera como Él lo dispone en su palabra. Algunos buscan suplir esa necesidad acudiendo a diversas religiones y creencias que les son cómodas, las cuales les ofrecen lo que buscan, pero no se los garantizan, porque no lo hacen a  través del único Dios Verdadero; equivocan su fe, equivocan el camino de la fe. Buscar en verdad la salvación de Dios es buscar ser perdonado de pecados y obtener la garantía de la vida eterna por medio del único que lo puede hacer.

 

Los antiguos profetas como Isaías y Miqueas y los patriarcas como Noé, Abraham y Moisés, supieron de la salvación ofrecida por Dios y la anunciaron a los hombres,  pues la alcanzaron a ver. Quisieron saber más detalles y tener más precisión en este conocimiento, pero, aunque les fueron reveladas grandes cosas, otras les fueron veladas por Dios. La fe que ellos tenían les dio la seguridad de que la salvación era efectiva en ellos mismos y que alcanzaría en el futuro a muchos. Supieron que esta salvación era por la gracia de Dios y que se obtenía por fe en Él.

 

Pero no todos ellos supieron que era por la fe en Dios en la persona de su Hijo Unigénito. Como profetas de Dios, era necesario (y ellos lo sabían), que tuviesen en sí el Espíritu de Cristo, que es otro nombre con que se conoce al Espíritu de Dios. Ellos supieron del nacimiento, del ministerio, del sacrificio de Cristo Jesús (Heb. 11:26) y de su resurrección y por lo tanto, de la salvación a todo el mundo (no solo para Israel).

 

Aquí vemos entonces que los agentes de anunciación son los profetas. Estos profetas antiguos, aunque no anunciaron el evangelio (porque no era el tiempo), lo conocieron y supieron de su alcance hasta nosotros. Sabían la dimensión de su responsabilidad (aun Jonás, que es considerado prácticamente como un evangelista); todos ellos fueron visionarios (porque tuvieron sueños y visiones de Dios), pero también tal vez por lo mismo, fueron tenidos como inadaptados, porque la mira de ellos era muy superior a la de sus contemporáneos. Eran guiados por el Espíritu Santo (2ª. Pe. 1:21), como lo son los auténticos predicadores de hoy.

 

Es un privilegio inmerecido para nosotros conocer de esta salvación y es el más grande privilegio haberla obtenido (Sal. 32:1,2); es otro gran privilegio poder anunciar esta salvación (por el Espíritu de Dios). El que recibe este mensaje sublime y divino de que Jesús es el Salvador, obtiene la vida eterna, pero el que lo rechaza, obtiene la condenación perpetua. Los ángeles anhelan tener el privilegio que tenemos nosotros de anunciar el evangelio (y pensar que algunos creyentes, como Jonás, se resisten a anunciarlo).

El Espíritu Santo de Dios impulsaba a los profetas a anunciar la salvación; no comprendieron todo pero lo creyeron y lo anunciaron (Heb. 11:13,39,40). Después fueron los apóstoles quienes recibieron el mandato del Señor Jesús de predicar su evangelio, pero ahora somos nosotros los que tenemos este encargo. ¿Qué hemos hecho a este respecto?, ¿qué vamos a hacer?, ¿Cuánta estima tenemos a la salvación de Dios y cuánta a ser herederos de la responsabilidad de anunciar el evangelio? Anhelemos agradar a nuestro Salvador, obedeciendo éste su mandato.