La Salvación es amor de Dios

Sermones

12 de diciembre de 2010

 

El amor de una persona a otra no solo se refleja con palabras o promesas, ni con miradas y ni siquiera con acciones que buscan recompensar o esperen recompensa, sino con acciones interesadas únicamente en el bienestar y la paz del otro.

 

9En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.

10En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.

11Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.

12Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros.

13En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu.

14Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo.

15Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.

1ª. Jn. 4:9-15

El tema que sirve de contexto a estos versículos es el amor de Dios, el cual puede ser distribuido por el que ama a Dios hacia sus semejantes. ¿Cuál es la máxima expresión de amor que podemos mostrar cada uno de nosotros? ¿hasta dónde somos capaces de llegar por el amor que Dios ha puesto en nosotros?; las respuestas son de carácter individual.

 

Pero Dios mostró su amor para cada uno de nosotros, de una manera inigualable, enviando a su Hijo Unigénito al mundo, al sacrificio, para otorgarnos el perdón de pecados a cada uno. No ha existido hombre haya hecho o alguno que el día de hoy pueda hacerlo. Aún de los hombres y mujeres escogidos por Dios para una misión especial, ninguno fue capaz de hacer esto. Recordamos ejemplos bíblicos como el caso de Lot que ofrece a sus hijas para salvaguardar a los varones enviados por Dios (Gén. 19:8), o el de Abraham cuando llega casi a sacrificar a su hijo Isaac (Gén. 22:1-14) o el caso de Jefté cuando promete la vida de su hija (Jue. 11:34-36), o cuando Ana entrega a su hijo Samuel para el servicio de Dios (1o. Sam. 1:23,24). Ninguno de ellos (a pesar de ser ejemplares en la fe), llegó a un sacrificio como el del Padre Celestial con su Hijo Unigénito, para dar vida a los que creen en Él (Jn. 10:10), de donde se entiende que los que no creen en el Hijo de Dios realmente están muertos.

 

Así que la muestra más grande de amor es la iniciativa y el hecho de Dios de enviar a su Hijo para perdón de pecados (Jn. 3:16). Lo envió en propiciación de nuestros pecados, propiciación que significa “apaciguamiento “o” satisfacción”. El sacrificio de Jesús satisfizo las demandas de santidad de Dios para el castigo del pecado.

 

Como consecuencia y aplicación para nosotros, por cuanto somos semejantes a Dios (Gén. 1:26), somos semejantes a Él en la acción de amar, ¿qué estamos dispuestos a dejar o hacer por el amor de Dios? La primera consecuencia es amar a nuestro prójimo, sea quien sea.

 

Si permanecemos en el amor de Dios implicará que cuidamos nuestra salvación y esa permanencia nos asegura amar también a nuestros hermanos en la fe, prodigándoles cuidados. Esas personas verán a Dios en nuestras acciones (Jn. 1:18).

 

Desde que creímos, Dios nos dio de su Espíritu, que permanece en nosotros (Jn. 14:17) y nos da los consejos perfectos para ser espirituales y andar en su amor.

 

Pero, para al que no ha creído, es imposible solicitarle se comporte como cristiano, podrá fingir un tiempo pero finalmente se reflejará en sus acciones la falta de amor. Los incrédulos que conviven con cristianos, podrán llegar a creer por el testimonio de éstos y si no, se irán del redil o se manifestarán como son (sin salvación), porque así como la luz no puede ocultarse (Mt. 5:15), tampoco los que son de las tinieblas dejarán de mostrarse como son. El que tiene el Espíritu de Dios (el que ha creído que Jesucristo es el Único Salvador y lo ha hecho su Señor), procurará andar en amor fraternal que reflejará su salvación y en amor hacia su prójimo en general.

 

El evangelista Juan (que escribe esta carta), ha constatado con su convivencia personal con Jesús, con sus enseñanzas, con su conversión espiritual, pero sobre todo, por revelación de Dios, que Jesús es el Salvador del mundo. Pero también, todos los que hemos creído estamos seguros de esto mismo, porque nuestra experiencia del encuentro con Jesús y la transformación de nuestra mente y nuestro corazón nos confirman que Jesús es el único Salvador y Señor.

 

Como era de esperarse, esta enseñanza nunca ha estado falta de oposición de parte del enemigo de las almas, pues cuando las personas aman lo desarman y, cuando odian le dan entrada e influencia en sus vidas. En el tiempo en que fue escrito este pasaje, Juan se enfrentaba a la enseñanza de los gnósticos que manifestaban (entre muchos otros errores), que Dios no se había humanado en la persona de Jesús y además que Jesús no es Dios (para ellos). Los gnósticos siguen existiendo en diferentes sectas, entre la Nueva Era, los seguidores de la metafísica y los auto llamados “Testigos…”. Todos ellos tienen el espíritu del anticristo (basta leer 1ª. Jn. 4:3).

 

Es de vital importancia que tengamos bien claro que Jesús es el Hijo Unigénito de Dios, que es el Verbo encarnado y que sólo en Él hay salvación (y esa salvación nos muestra como personas que perdonamos, que amamos, que ayudamos, que gozamos nuestra comunión con Dios).

 

Debemos esforzarnos por conducirnos en esta vida como hijos de Dios, pero no nos apresuremos por mostrar que somos salvos, pues si lo somos, nuestras acciones de amor hablarán más que muchas palabras. Somos salvos y tenemos asegurado vivir por la eternidad en el cielo. La salvación es el amor de Dios que abre sus brazos para recibir a todo aquel que crea en su Hijo Jesucristo a quien ha enviado; aun es tiempo de recibirle.