Jesús, nuestro Maestro (Aniversario LXXXIX de la iglesia).

Sermones

Jesús, nuestro Maestro (Aniversario LXXXIX de la iglesia).

9 de octubre de 2010

Un cristiano no debe asumirse como su propio maestro, debe siempre tener un maestro y nunca será otro, que el mismo Señor Jesucristo.

 

 

1Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: 2En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. 3Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. 4Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. 5Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; 6y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, 7y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. 8Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. 9Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. 10Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. Mat. 23:1-10

 

Los oyentes del Señor Jesús eran grupos heterogéneos (aunque tenían algunas necesidades comunes, al mismo tiempo todos eran diferentes) y así es hoy en las iglesias cristianas; es una responsabilidad que el Señor asumió y nosotros también, pues la igualdad en derechos debe prevalecer en la iglesia sobre la diferencia entre las personas. Algunos piensan que, si el maestro de la iglesia profundiza en algo, no queda bien claro, pero otros le exigen una mayor exégesis, sin embargo ambos tipos de creyentes acuden a la Escuela Dominical con el propósito de aprender más de Dios y el maestro debe cumplir. Dar la clase a un grupo heterogéneo es mayor reto que darla a uno homogéneo (donde todos son semejantes).

 

Dentro de los grupos o multitudes que oían a Jesús, a menudo había fariseos, que eran personas amantes de que se les reconociera como maestros, pues consideraban que nadie les podía a ellos enseñar, pero, ¿qué es lo que Jesús dijo delante de ellos, del pueblo y dice hoy para nosotros?

 

El Señor Jesús dijo a los congregados que en la cátedra de Moisés en las sinagogas, era el momento en que los escribas y fariseos transmitían las enseñanzas de Moisés. Los que daban esta materia, se creían sabios, como le puede ocurrir a algunos maestros en las iglesias en la Escuela Dominical o en los seminarios (muy importante). Realmente, escribas y fariseos eran expertos en esa cátedra, era necesario oírla y seguirla, pues todo lo que se decía era bueno, pero en la práctica, los alumnos no podían esperar de sus maestros un comportamiento acorde a esas enseñanzas, pues no lo tenían, pues aquellos maestros creían que estaban más allá del bien y del mal. Nosotros sabemos que no existe uno que no deba aprender y los que aprenden, no precisa o solamente de los conocidos como maestros. En el caso de los escribas y fariseos (y doctores de la ley), esto hablaba de su hipocresía.

 

Predicar y enseñar implica una gran responsabilidad, pues todo lo que se diga debe estar sustentado por el ejemplo propio, porque hablar es muy fácil y algunos quieren sólo eso. Los escribas y fariseos eran exhibicionistas (les gustaba presentarse en público y ser observados por muchos); eran también ególatras. Querían dar una imagen de santidad, haciendo más anchos los textos de la ley que guardaban en cajitas que se colgaban en la frente o se ataban al brazo izquierdo (Ex. 13:9,16; Dt.6:8, 11:18), además de hacer más extensas de lo normal unas borlas que colgaban en los cuatro lados de sus vestidos, que contenían mandamientos de Dios (Nm. 15:37-41 y Dt. 22:12). Todo eso tenían en sus vestidos, pero no lo tenían en el corazón (Dt. 6:6).

 

Aquellos maestros sabían que eran el centro de atención; la gente les admiraba, estaban conformes con ello y se beneficiaban de ello; se regodeaban. Les encantaba que les dijeran y reconocieran públicamente como rabí (maestro). Es una tentación latente que el cristiano debe evitar, tanto en la iglesia, como dondequiera que vaya. No quiere decir que sea malo que nos reconozcan lo que somos, sino que eso nos haga soberbios.

 

Pero, ¡qué gran diferencia había entre Jesús y los escribas y fariseos! Él no quiere que sus oyentes sean como ellos, no quiere que nosotros seamos así. Los discípulos que escuchaban a Jesús serían depositarios de una sabiduría infinitamente superior a la de escribas y fariseos, la cual ha llegado hasta nosotros y debemos seguirla. Las enseñanzas apostólicas son las enseñanzas de Jesús. Los apóstoles eran sabios porque fueron antes discípulos de Jesús durante tres años, pero sobre todo porque Él los capacitó cuando los transformó (Judas no fue transformado, porque no quiso). Algunos creen que la sabiduría de Pablo venía de haber estudiado a los pies de Gamaliel, pero realmente su sabiduría venía por haber tenido un encuentro con el Señor Jesús. Jesús era el Maestro de ellos y es nuestro Maestro y no hubo otro más grande ni lo habrá. Algunas iglesias se han alejado de la fuente original de nuestra conversión, nuestra enseñanza y capacitación, que es Jesucristo.

 

Lamentablemente, después de la era apostólica muchos cristianos se vieron inclinados a oír y a aprender de los que después se conocieron como “los padres de la iglesia”, como Cipriano, Clemente y muchos más, algunos de los cuales habían sido discípulos de los apóstoles. Aunque las enseñanzas de algunos de ellos eran fieles, de todas formas allí iniciaron las desviaciones, pues en lugar de acudir a las fuentes originales, muchos cristianos acudieron a las que derivaron de ellas y era natural que ya llevaran una carga de contaminación. Siglos después, en la reforma protestante, otra vez muchos cristianos acudieron a maestros como Lutero, Calvino, Melancton, Wesley y otros. Más adelante, Spurgeon era el maestro a seguir ya en el siglo XX, aunque ya pocos acuden a él. Entre los bautistas mexicanos figuraba G.H. Lacy, aunque ya pocos acuden a revisar su teología. Billy Graham (no siendo realmente teólogo), impactó en todo el mundo (hasta los noventa y un poco hoy). Después vinieron otros como Mc Dowell y luego Warren, que causó impacto en muchos, al grado de algunos decían entender la Biblia y tener un programa de culto a la luz de lo dicho por él, en lugar de lo especificado por Dios en la misma Biblia. Hoy se oye al hermano Macarthur en México. Algunos, localmente han tenido un pastor entrañable (o lo tienen), no quiere decir que sea malo, pero lo llevan al grado que, todo lo que oyen lo ponen a la luz de lo que este hombre dijo, dice, hizo o hace. Otros cristianos dependen de las enseñanzas de los telepredicadores, radiopredicadores, predicadores de internet o líderes de congregaciones multitudinarias (ya no digamos de los que siguen a algunos conocidos como “cantantes cristianos”). Realmente han hecho de la enseñanza modas; hasta se paga por oírlos y se les recibe o despide de pie o con aplausos. Hoy no hay apóstoles, aunque algunos lo digan o así se presenten; las enseñanzas apostólicas que debemos seguir las encontramos en el Nuevo Testamento. A todo esto, ¿qué es lo que dice Jesús?

 

“Uno es vuestro Maestro, el Cristo” (vers. 8); recordemos que no hay otro, la declaración de Él es literal. Si hemos sido transformados por Cristo Jesús, entonces comprendemos su palabra por la iluminación del Espíritu Santo (1ª. Jn. 2:27); no hay un seminario que tenga este nivel de enseñanza. Él dijo “Escudriñad” (Jn. 5:39). Si acudimos primero a teólogos, nos privamos de la iluminación del Espíritu Santo de Dios, leámoslos u oigámoslos (si es necesario), después de acudir a la fuente original. Nuestro Maestro solamente es Jesús el Cristo.

 

Que en su iglesia ninguno emule a aquellos fariseos ostentándose como “maestro”, sino que en todo tiempo los servidores de Dios nos conduzcamos con absoluta humildad. Después de nuestro maestro Jesús, todos nosotros somos hermanos. De manera semejante a que tenemos solo un Maestro, tenemos solo un Padre. Este es el origen de la enseñanza cristiana; seguir a Cristo es tenerlo como único Salvador, único Señor y único Maestro.

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