El Príncipe que había de venir

Sermones

19 de diciembre de 2010

 

Muchas personas de diferentes naciones anhelan el arribo de un gobernante que sea capaz de dar solución a sus problemas y necesidades, pero para nosotros ha llegado desde hace mucho tiempo El que nos da gozo y paz en medio de este mundo de aflicciones.

 

 

1Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles.

2El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos.

3Multiplicaste la gente, y aumentaste la alegría. Se alegrarán delante de ti como se alegran en la siega, como se gozan cuando reparten despojos.

4Porque tú quebraste su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor, como en el día de Madián.

5Porque todo calzado que lleva el guerrero en el tumulto de la batalla, y todo manto revolcado en sangre, serán quemados, pasto del fuego.

6Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.

7Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto. Is. 9:1-7

 

En tiempos del profeta Isaías (700 a.C. aprox.), el pueblo de Israel se hallaba disperso, once tribus estaban esclavas en Asiria y otra tribu (la de Juda), vivía en constante zozobra por las amenazas de los pueblos vecinos. Pero Dios habló a Isaías en visión y le rebeló lo que deparaba a su pueblo, en esa palabra le dio también una profecía que nos alcanza hasta hoy; una profecía de esperanza y seguridad.

 

Estaba fresco en la mente de los judíos del tiempo de Isaías, que las regiones de Zabulón y Neftalí habían sido las primeras en sufrir la invasión del rey de Asiria (2ª. Re. 15:29); esa escena ocupaba su mente y les producía miedo por la amenaza dada a ellos en este mismo sentido. Pero Isaías profetiza algo no inmediato, anuncia que esas regiones pertenecientes a Galilea algún día verán la luz y esto tuvo su cumplimiento cuando el Señor Jesús después de haber sido tentado en el desierto y saliendo vencedor sobre el enemigo de las almas, se dirige en el inicio de su ministerio a la región de Zabulón y a la de Neftalí (Mat. 4:12-16).

 

Así que no hubo siempre oscuridad para aquellas regiones, realmente hubo luz que iluminó incluso el mar de Galilea donde el Hijo de Dios hizo muchas maravillas y milagros. Aquellos lugares fueron llenos de luz por la presencia del mismo Dios hecho hombre cuando vino a este mundo. Desde entonces hay luz en el mundo, que es Cristo Jesús.

 

Por lo tanto, para nosotros, es necesario que nos animemos y nos gocemos; hoy no todo es inseguridad, ni narcotráfico, ni pleitos, ni luto ni pobreza, porque Cristo es la luz del mundo.

 

El que quiera continuar en tinieblas lo puede seguir haciendo, pero el que quiere tener luz se acerca a Jesucristo y le sigue. Esta profecía se sigue cumpliendo en todos aquellos que reconocen a Jesús como su Señor y Salvador, los cuales reflejan su luz.

 

En el vers. 3 de este pasaje, se hace alusión a la promesa de Dios hacia Abraham (Gén. 22:17), relacionada con el extendimiento de la fe (la multiplicación de los que creen). Mientras más personas crean en Cristo Jesús, habrá más alegría en la tierra y en el cielo. La referencia más cercana de alegría para el pueblo judío, representaba el tiempo en el que ganaba las batallas y llegaba el momento de repartirse el botín, en lo cual se llenaban de júbilo; también recordaban los tiempos de abundancia cuando llegaba la siega y había mucho que cosechar. El profeta les dice que regresarán esos  tiempos. Tener a Cristo Jesús es un gozo indescriptible.

 

Por otra parte, al mismo tiempo el pueblo judío de la época de Isaías recordaba sus sufrimientos. El yugo puesto a los animales para arar era símbolo de la esclavitud que habían sufrido, la vara representaba el castigo recibido de Dios y el cetro de otro reino simbolizaba la opresión. La alegría que vivirían eclipsaría los recuerdos tristes y se alegrarían y regocijarían también como lo habían hecho sus ancestros en el día de Madián, cuando el caudillo Gedeón venció a los madianitas con 300 hombres.

 

Pero los que están sin Cristo y se dan cuenta de ello, no se alegran (aunque así lo parezca), sino que sufren la esclavitud del pecado, el cual los ata y maltrata. Sufren la vara como consecuencia de sus actos y dependen del reino de las tinieblas (que los oprime). Pero todo eso es eliminado cuando uno se somete a Cristo Jesús.

 

Cuando el Señor Jesucristo entra en el corazón del hombre, borra todas las huellas del pecado, que son las marcas de las vivencias del individuo en el reino de las tinieblas. De la misma manera, cuando el Señor Jesús regrese, establecerá un reino de paz que borrará el reino de este mundo.

 

El Salvador del pueblo anunciado por Isaías es un niño que sería un príncipe de Dios (su Hijo), con todas las implicaciones de serlo y quien es el único que tiene estos títulos:

 

· Admirable.- Porque hace maravillas y milagros cual nunca nadie hizo ni hará.

· Consejero.- Porque sólo Él enseña el camino correcto por el que se debe andar. Sólo Él satisface la necesidad de consejo.

· Dios Fuerte.- Porque es el Creador y no hay otro como Él, no existe otro, porque Él es refugio del débil.

· Padre Eterno.- Porque es desde siempre y por siempre, sustentador de todo lo creado.

Príncipe de Paz.- Porque la verdadera paz para el hombre solo viene a través de Él (Jn. 14:27).

 

El reino que Él establece es un reino de paz, eterno e incomparable a cualquier reino del que tengamos memoria y son ciudadanos del mismo los creyentes el Príncipe de Dios que ya vino.